Y se marchó de la sala

Por Antonio Rojas • 8 jun, 2009 • Sección: Cultura, No te rindas

Santiago Martín en su sección “Esta es nuestra fe”, del diario ABC, hace una entrevista el 18 de mayo de 1986 al médico humanista español, J. Rof Carballo. A lo largo de esta entrevista Rof Carballo afirma que “si queremos devolver a la juventud sus creencias, hay que enseñarles ante todo a vivir la experiencia de lo sagrado; es decir, a ser de nuevo hombres de verdad y no títeres o muñecos”.

Dicho de otro modo: hay que ser consecuentes, hay que arriesgar para seguir el camino de Cristo. Un ejemplo: Jesús Garay.

Cuando Jesús Garay, jugador del At. Bilbao y Barcelona, era capitán de la selección española y marchó a París a jugar contra la selección francesa, no podía imaginar que -como consecuencia de aquel encuentro- iba a poner a prueba la autenticidad de su fe cristiana.

El partido entre las dos selecciones se jugó con normalidad. España ganó por dos a uno y para celebrarlo, después de cenar, los franceses invitaron al equipo español a una noche de juerga y diversión en una sala de fiestas.

A nuestro hombre aquel ambiente no le gustó y, a medida que iba avanzando la fiesta, se encontraba cada vez más a disgusto. Deseaba marchar de allí y no veía la forma de hacerlo. Hasta que le brindó la oportunidad una bailarina. Se le acercó ésta sonriente, seductora, con una copa de champán en la mano y poca, muy poca ropa en el cuerpo. Serio, decidido, el jugador internacional tomó la copa y la estrelló contra el suelo diciendo: “Jesús Garay, español y católico, no profana su vida ni su cuerpo con este tipo de diversiones que no se ajustan a sus principios cristianos”. Y se marchó de la sala de fiestas.

El recio mocetón vasco de fe consecuente, forjada en la autenticidad, llevó a la práctica lo que unos veinte años después diría el famoso actor de Hollywood, Gregory Peck, al convertirse al catolicismo:

“Recuerdo cuando el pobre Gary Cooper se convirtió al catolicismo. Todos lo espiaban a su paso, preparados para echársele encima y apedrearlo. Pero él supo responder con una firmeza moral y una dignidad varonil que muy pronto levantaron una profunda admiración hacia él. Es difícil tener el temple, el carácter y la fuerza de ánimo de Gary Cooper, pero pienso que el deber de todo católico es el de dar testimonio diariamente del Evangelio en la medida de sus posibilidades”.

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