XIII Domingo de Tiempo Ordinario
Por Juan Apecechea • 28 jun, 2009 • Sección: A la luz del Evangelio, Liturgia
“Pon tus manos sobre mi hija para que se cure y viva”
Uno de los mayores cuidados del ser humano es el de la propia salud, y la realidad insoslayable de la muerte es su máxima preocupación. Salud y muerte son dos referencias que marcan la vida de cualquier persona.
Hoy vemos a Jesús ante un caso de enfermedad y otro de muerte. ¿Cuál fue su actitud? Un hombre y una mujer, que han oído hablar de sus poderes, acuden a él. El hombre, uno de los responsables de la sinagoga, tenía gravemente enferma a una hija de doce años. Angustiado por el caso, le ruega a Jesús que vaya a su casa y que le imponga sus manos. Aquel padre no busca más que la salud de su hija. Jesús, en cambio, tiene un objetivo que trasciende ese legítimo propósito.
Mientras iba de camino, discretamente se le acercó entre el gentío una mujer que padecía un flujo de sangre. Pensó que con solo tocar su manto podría sanar. Y así fue. Pero, también en este caso, la intención de Jesús va más allá de la simple salud física. Busca la salvación o salud total y radical. Tres veces, en efecto, aparece el término “salvar” (sodsein) en el pasaje (vv. 23. 28. 34). Jesús no había venido solamente a curar males físicos, sino a salvar. Es mucho más.
“No temas; basta con que tengas fe”
El tema de la fe es el eje central de ambos episodios. Dos dichos de Jesús sobre la fe son la clave para comprender el sentido de su misión. El primero va dirigido a la mujer: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz”. Ella tenía cierta fe preliminar o inicial. Pero al verse curada es cuando experimenta una profunda conversión interior y una renovada confianza que le lleva a “postrarse ante Jesús y contarle toda la verdad”.
El segundo de los dichos de Jesús va dirigido al padre de la enferma. Cuando se acercaban a casa, dijeron al padre que su hija había muerto. Pensó que no había ya nada que hacer. Es entonces cuando Jesús le animó diciéndole que tuviera fe. Fue como si le dijera que, teniendo fe, nada es imposible. Y la niña recobró la vida. Aquel hombre sintió en su interior la luz y la fuerza salvadora de la fe y su vida quedó enteramente vinculada a la de Jesús.
He aquí una oración cabal y apropiada, hecha un día por otro padre ante Jesús: “Creo, Señor; pero fortalece mi fe” (Mc 9, 24).
