Cerrar bien las heridas del pasado
Por José María Lorenzo • 2 jul, 2009 • Sección: Opinión, Reflexiones desde la debilidad
Todos somos un poco hechura del pasado. A algunos el eco de un suceso desventurado les afecta de forma negativa años y años. Traumas, recuerdos y vivencias desagradables influyen en su alma como una tenia que no les permite digerir los sucesos diarios. No acaban de pasar página al accidente injusto y viven atormentados, echando la culpa de su mala suerte a antecedentes que no pueden cambiar.
En la década de los sesenta estudiaban en Madrid, en una residencia de huérfanos, dos chicas universitarias. El reglamento era allí duro. Las dos amigas llegaron un atardecer, a causa de la densidad de tráfico, media hora más tarde. Ambas fueron expulsadas del centro sin contemplaciones. La reacción de la primera, una vez asimilado el disgusto, fue ponerse a dar clases particulares para pagarse una pensión. Pronto cicatrizó la herida; hoy es para ella una anécdota. La segunda jamás ha asimilado tamaña intransigencia. Marchó a su casa; no acabó la carrera; llegó a casarse y hoy, incluso a los nietos, habla con amargura de aquella tarde injusta. No ha levantado cabeza; la herida no cicatrizó.
Recordar acontecimientos tristes no ha de ser necesariamente negativo. La gravísima enfermedad que sufrí hace cuatro años es para mí ocasión de agradecimiento a muchas personas, y a Dios que me ha concedido ya casi un lustro de propina. Pero no todos reaccionamos de la misma manera. Algunos no aciertan a dejar bien cerrada la puerta del pretérito traumático y viven con amargura, alejados de la felicidad. Es preciso hacer un esfuerzo y abandonarse en los brazos de la Providencia.
Arrepentirse de los errores cometidos en el pasado es propio de personas sensatas y buenas. ¡Qué bien puesto está el sacramento de la penitencia! Pero si ese arrepentimiento implica cargar para siempre con sentimientos de culpa, ni es humano y mucho menos cristiano. Es preciso saber pedir perdón a Dios y al prójimo y conseguir reconciliarse consigo mismo. Un esfuerzo para atrancar bien la puerta y que cicatrice la herida.
Cerrar capítulos en nuestra vida para no empecinarnos en la amargura. En ocasiones no es nada fácil: sobre todo cuando algún ser querido ha sido víctima de una catástrofe natural o ha desaparecido sin dejar rastro, ni siquiera haber podido rescatar su cuerpo. Entonces sobre todo se necesita ayuda exterior; entonces es preciso con más insistencia refugiarnos en la certeza de nuestra fe. Pero siempre, por nosotros mismos, por quienes nos rodean y en homenaje a aquel ser querido que no volverá, hemos de intentar que cicatrice la herida difícil. Cerrar los ojos y decirle al Señor una frase que me encanta: “En Ti, Señor, he esperado, jamás quedaré confundido”.
