La fiesta
Por Alfredo López Vallejos • 2 jul, 2009 • Sección: El marco de la fe celebrada, Liturgia
La fiesta se encuentra profundamente enraizada en nuestra percepción de las raíces cósmicas de la naturaleza, responde a algo esencial para el ser humano, está presente en todas las culturas, de todos los tiempos, originariamente vinculada a las fases lunares, a las mieses y a las vendimias, y reflejada en los rituales religiosos más primitivos.
La fiesta es una acción comunitaria motivada por un acontecimiento percibido como extraordinario, o por la sucesión cíclica de las estaciones y de los años, mediante signos rituales que afianzan los vínculos de identidad, rompiendo la rutina de lo habitual. La fiesta nos conexiona como miembros de una misma comunidad. Resultaría imposible vivir sin la distensión proporcionada por la dimensión de lo lúdico, de la gratuidad, la espontaneidad y la sobreabundancia de la fiesta, que a su vez va marcando las edades y el devenir de la existencia. Seguramente sin percibirlo de un modo consciente, pero todo eso es lo que nos proporciona la participación en la fiesta, cualquiera que sea, más si se enmarca en el ritmo cíclico y cósmico de la vida.
Es lo que también ocurre con la fiesta cristiana. Se percibe con mayor nitidez cuando la celebración viene configurada por elementos de religiosidad popular, menor rigidez legal, mayor espacio a la creatividad y a la aportación de elementos que expresen los rasgos de la propia identidad comunitaria.
Desde la más estricta precisión cristiana, debe afirmarse que también cada domingo y cada celebración eucarística responde a las características de lo que es una verdadera fiesta, tanto a nivel humano, sociológico, comunitario, como desde el punto de vista sensible y efectivo.
La fiesta litúrgica se configura como memoria de acontecimientos salvíficos realizados por Dios en Cristo Jesús a favor nuestro. La Pascua anual y semanal del domingo cristiano constituyen auténticos hitos que enmarcan nuestro devenir, nos rescatan de la rutina de lo cotidiano, nos identifican y nos reafirman como comunidad de seguidores de Jesús, nos sitúan en la dimensión de lo gratuito, del disfrute, de la alabanza y de la fiesta. Estas liturgias y ritualidades, perfectamente establecidas por la tradición eclesial, no siempre quedan al alcance de nuestra creatividad y expresión espontánea. Por eso, no resulta extraño que, en ocasiones en que la fiesta nos queda más cercana y doméstica, nos sintamos más capaces de expresarnos con ella en una identidad específica, que consideramos típicamente nuestra, como es el caso de San Fermín.
