Llama de amor viva

Por Santiago Arellano • 2 jul, 2009 • Sección: Cultura, Escuela de padres

Cuando uno lee a San Juan de la Cruz percibe que se encuentra ante la maravillosa presencia de Dios. Contar a los demás el prodigio de un Dios que se acerca y se une con un alma es inefable, no existe forma humana de darse a entender y por ello Santa Teresa solía confesar a sus hermanas que sólo la entendería bien quien hubiese pasado por tal experiencia. Desde el conmovedor Cantar de los Cantares el medio elegido era comparar la experiencia de Dios -el encuentro unitivo de dos seres tan distantes- con el matrimonio. Dios se convierte en el esposo y el alma en la esposa. En esta tradición se insertan los poemas amorosos de San Juan de la Cruz. Lo admirable es que no se trata de un recurso o artificio para comunicar un imposible; sino de la realidad: es el amor el camino que nos lleva a Dios, mejor dicho, es el camino que recorre Dios con los brazos abiertos para encontrarnos con su Amor, pues Dios tiene como esencia ser El Amor de los Amores.

Un creyente sabe que tiene que cumplir las obligaciones de su estado, pero en San Pablo aprendió muy pronto que “si falta el amor nada sirve de nada”. Con qué hermosura nos lo confesó San Juan de la Cruz en el Cántico: “Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio. Ya no guardo ganado. Ni ya tengo otro oficio: que ya sólo en amar es mi ejercicio”. Es el amor el camino por el que Dios se nos hace encontradizo. La bellísima historia de amor que San Juan nos contó en su Cántico Espiritual, nos lo vuelve a contar ahora en cuatro estrofas. No utiliza la lira, sino otra de seis versos que ya había utilizado Fray Luís de León. A san Juan no le preocupa la construcción de nuevas formas métricas. Le suenan bien y adelante. En la llama de amor viva, también va a aparecer el proceso de su amor, pero ahora como recuerdo agradecido. “La Llama de Amor Viva” es una sucesión gozosa de exclamaciones. San Juan no cabe dentro de sí y exulta de gozo.

Las estrofas primera y cuarta hablan propiamente de amor. Ya no existe la zozobra por la correspondencia amorosa, el amor se manifiesta con tal potencia que se hace deseable la muerte. Amor y muerte, no como destrucción de los amantes o aniquilamiento personal, sino como plenitud amorosa, en la que se hace posible seguir amando más allá de la muerte. Todo el poema se concentra en la primera estrofa. La imagen utilizada es la llama, vieja metáfora, junto a la herida, o la prisión. Una llama paradójica, pues, plena de vigor (viva), sus quemaduras hieren pero están llenas de ternura, que llegan hasta lo más hondo de su ser. ¿Cómo no recordar los versos manriqueños? “¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores?” en que el silencio responde a cada una de las suntuosas o admirables realidades que el paso del tiempo ha dejado en el olvido. Ni las damas ni sus amores, ni sus enamorados han sobrevivido en el recuerdo. La llama de amor viva de San Juan tiene vocación de eternidad. Ha crecido tanto, tal es su plenitud, que ya tiene la perfección plena que exige el morir, ya no es posible una correspondencia tan plena en esta vida (pues ya no eres esquiva). El cuerpo como tela debe ser roto, en este dulce encuentro, del matrimonio espiritual, porque todavía será mayor la unión definitiva para toda la eternidad.

Este matrimonio espiritual, que los teólogos denominan la etapa unitiva, aparece con una delicadeza y hermosura insuperable en la estrofa cuarta. De nuevo una íntima escena de amor. El esposo adormecido en el regazo o seno de la amada, despierta tan manso y amoroso que la sigue enamorando con delicadeza inefable. En el proceso lógico la estrofa primera debiera ocupar el cuarto lugar. Pero el poeta habla en el presente de su gloria, de su apoteosis amoroso y a continuación recuerda su aprendizaje espiritual como aprendiz en la escuela del amor. La estrofa segunda evoca su etapa purificativa. Es Dios, divino cirujano, quien ha ido eliminando el hombre viejo. Desde la plenitud del hoy, aquel inicio tremendamente doloroso (cauterio y llama, no olvidemos que la imagen recuerda el hierro incandescente que se aplicaba a las heridas con gangrena) se ha convertido en suave y regalada y el proceso de perfección en intervenciones que transforman en blanda la mano que corrige y en toque delicado la última exigencia del artista en el camino de perfección.

La estrofa tercera recorre la denominada etapa iluminativa. No está en mano de los hombres alcanzar el misterio de Dios. Pero lo que los sabios de este mundo no penetran está al alcance de los niños. Es la clave pedagógica del Evangelio. La estrofa está sostenida por símbolos sobrecogedores y precisiones que parecen reservadas a la situación intelectual de nuestros días. San Juan no duda en representar al conocimiento basado en el sentido (sólo vale lo que veo, palpo, etc, y mido con rigor) como el que habita en una profunda caverna, igual que un hombre primitivo. Comprobad que por la concordancia gramatical aplica al sentido la oscuridad y la ceguera. Aún recordando la caverna de Platón, el conocimiento humano se reduciría a sombras de la realidad. Toda la realidad humana cuando se basa en la fuerza autónoma de los hombres, por esplendorosa que nos parezca, en realidad es oscuridad y ceguera y como se deduce de las palabras de san Juan, frialdad. Pero Dios no nos ha abandonado. Su Espíritu se transfigura en “Lámparas de fuego” a cuyos “resplandores” no sólo los caminos de Dios se llenan de luminosidad y de extraños primores. No. El poeta dice mucho más: son las profundas cavernas de los hombres las que dan luz y calor, como si tuvieran luz y calor propios, en línea de fidelidad con la doctrina de la gracia, que no destruye la naturaleza sino que la perfecciona.

Los resplandores irradian del Espíritu. Sin embargo todo quedaría en nada si no se cumpliera un requisito: todo, absolutamente todo debe estar “junto a su querido”: El Verbo encarnado. ¿Cómo me siguen emocionando las sublimes palabras del documento conciliar “Gaudium et spes” del Vaticano II. Permitidme que con ellas cierre mi comentario
“En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.

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