Terminator Salvation
Por Ruth Gutiérrez • 2 jul, 2009 • Sección: Cultura, La filmoteca
La ventaja que encuentro en las películas de ciencia ficción es que normalmente siempre respetan las reglas del género. Un ser insignificante -un ser humano, desde luego- ha de enfrentarse al poder irracional y gigantesco de una deformidad electrónica en una misión preñada de violencia e imposibles. Por lo tanto, el espectador sabe a qué atenerse y qué buscar en ellas. Por otro lado, la saga de Terminator es desde luego la prueba más clara de un mito llevado a sus últimas consecuencias. Y se trata de uno muy inquietante: el de la máquina que se revela contra los hombres. O por mejor decir: el de la máquina que quisiera ser hombre, sufrir y padecer los sentimientos de un corazón repleto de alma y dignificado sólo por esa peculiar manera de vivir, entendiendo. El filme que mejor ejemplifica este concepto es la historia de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Con ella, el género deja que emerja el misterio de ser hombre sin necesidad de forzar el drama, abandonando la senda de la superficialidad de la acción pura y dura.
En este caso, “Salvation” emula la estética retro de Mad Max (George Miller, 1980) con la sofisticación del diseño avanzado de Matrix (Andy y Larry Wachowski, 1999). John Connor sigue siendo la clave de la lucha contra las máquinas y el argumento continúa alambicándose de un modo inverosímil aunque propio dentro de ese mundo posible. El padre que es más joven que el hijo está en peligro; y por supuesto, su vida depende del heroísmo de una máquina medio hombre cuyo sacrificio es una prueba más de la esperanza que ha de embargar a los hombres que sobrevivan. También a la siguiente entrega, claro.
El conjunto de los acontecimientos es, en resumen, una suma de explosiones y persecuciones espectaculares. Y los personajes (bastante estereotipados y planos, para la ocasión) no hacen más que aderezar la trama de acción con una dosis de humanidad demasiado básica para ser tomada en serio. Por esta razón creo que no logra satisfacer las necesidades de prever el futuro que tiene el género. Aunque sí cumpla con las necesidades de fascinación del espíritu adolescente que nos invade.
