A mi gusto y medida
Por Antonio Rojas • 30 ago, 2009 • Sección: Cultura, No te rindasCuentan que un mendigo, harto de su dura y errante vida, se quejó a Dios de la insoportable cruz que le había asignado. Decía parodiando a Eduardo Marquina:
“En la alta noche vacía
no tengo puerta dónde llamar;
los desengaños me amargan,
las ingratitudes más.
….
Soy, por los bosques de invierno,
aquel último pardal
que va y viene y busca el nido
que le acaban de quitar.
Alicaído y hambriento
se muere de soledad;
no sabe a dónde volverse
para el abrigo y el pan…”
Sumido en estos negros pensamientos, nuestro hombre se dio de cara con una especie de gruta grande y oscura que ostentaba un letrero a la entrada: “ESCOGE”.
Precavido, cauteloso se dispuso a entrar. Lo hizo muy lentamente para que sus ojos se fueran acostumbrando a la oscuridad. Al principio no veía nada; un poco más adentro comenzó a distinguir bultos informes. Esforzó sus ojos, siguió avanzando y le pareció percibir en la penumbra que le envolvía como un taller, una fábrica de cruces. Se acordó del letrero de la entrada y se hizo la luz en su mente:
- “¡Ah, Señor! Como no estoy contento con la cruz que Tú me has dado, quieres que yo escoja una a mi gusto. ¡Gracias, Señor!”
Y se puso a escoger, palpando porque había poca luz, su cruz. Ésta le quedaba grande; aquella, pesada; la otra, áspera; la de más allá, insufrible; y así una tras otra. Desesperaba ya de encontrar una cruz cómoda cuando tropezó con una que había por el suelo. La tocó, la midió, se la probó y…
- “Ésta, Señor, ésta está hecha a mi gusto y medida”.
Contento, creyendo haber hallado la solución para todos sus problemas, buscó la salida. A medida que se acercaba a la luz el corazón le latía con más fuerza: Por fin iba a poder vivir feliz. Cuando jadeante, eufórico llega a la entrada de la gruta y contempla su trofeo, queda clavado en tierra, atónito, estupefacto: aquella cruz era la suya: tenía escrito su nombre.
