ADAP

Por Alfredo López Vallejos • 30 ago, 2009 • Sección: El marco de la fe celebrada, Liturgia

z-foto-vallejosSoy perfectamente consciente de que no resulta demasiado correcto ni periodístico titular con unas siglas. Si me permito hacerlo, es porque las “Asambleas Dominicales en Ausencia de Presbítero” -ese es el significado de las mismas- resultan cada vez más habituales en nuestros ambientes. Se trata de asambleas que no pueden disponer de la presencia de un presbítero cada domingo, pero que no por ello se ven privadas de la vivencia dominical, aunque evidentemente no se trate de la Misa o celebración eucarística. Están dirigidas por una persona designada en cada caso por el obispo o su delegado, para ese tipo de celebraciones alternativas en las que se proclama al menos la Palabra de Dios y se distribuye la comunión, reservada en el sagrario para estas situaciones.

El propio nombre de este tipo de celebraciones, el que figura en el Ritual específico que las regula, resulta muy clarificador. No se trata de asambleas dominicales “sin” presbítero, sino “en ausencia” del mismo. El matiz es importante. Porque, en realidad, ninguna asamblea cristiana, por pequeña y alejada y dispersa como que pueda estar configurada, resulta ajena a la atención pastoral de la Iglesia, ni puede considerarse carente de un presbítero y su correspondiente obispo que se cuide de ella; quizá no podrá disponer de su presencia todos los domingos, pero vive esa vinculación, “en ausencia o en espera” del mismo.

Sin ser eucaristías propiamente dichas, son celebraciones muy dignas. De lo que se trata es de que toda comunidad cristiana tenga la oportunidad de celebrar el domingo, como pascua semanal y memorial de la resurrección del Señor, como día que configura fundamentalmente su identidad cristiana. De lo que se trata es de priorizar la significación sacramental del domingo y su significado para la vida cristiana. Alguien dijo muy acertadamente que si la Iglesia es capaz de salvar el domingo en su significación cristiana, dentro de la sociedad, el domingo será quien salve la identidad de la Iglesia.

Ante la escasez de presbíteros, si la Eucaristía fuera mera cuestión de un precepto a cumplir semanalmente, la solución fácil sería distribuir el cumplimiento entre los días de la semana: poblaciones más grandes los domingos y las más dispersas los restantes días de la semana. Pero no se trata de cumplir un precepto, sino de destacar la celebración del domingo como institución específicamente cristiana. Todo un reto para nuestra pastoral.

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