Confesión de fe
Por Alfredo López Vallejos • 27 sep, 2009 • Sección: El marco de la fe celebrada, Liturgia
Cuando hablamos de confesión, normalmente entendemos una parte importante del Sacramento de la Reconciliación que consiste en el reconocimiento de los propios pecados. Éste es el significado más conocido, pero ciertamente no el único, ni posiblemente el más antiguo del concepto de confesión. También se entiende como confesión -y no deja de ser importante recordarlo- el acto de testimoniar públicamente la propia fe. En realidad, se trata en ambos casos de una misma afirmación de fe ante Dios, bien mediante la expresión de las propias culpas, que en realidad no es sino un reconocimiento explícito de la misericordia de Dios y de su fidelidad a sus promesas de salvación, en el caso del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación; bien en una afirmación resumida de los principios en que se fundamenta nuestra fe. Tanto en un caso como en otro, la confesión sacramental o la confesión del credo de nuestra fe constituyen una alabanza personal, consciente y pública de la obra de Dios en favor nuestro.
La confesión o profesión de fe solemos hacerla en muchos momentos rituales: bautismo, celebración eucarística, y en otros momentos de particular significado, como al asumir determinadas responsabilidades eclesiales. Para ello existen algunas fórmulas precisas, es lo que conocemos como el “símbolo” o “el Credo”. La expresión “símbolo” es muy antigua y muy apropiada, porque responde a una palabra griega que significa: ‘señal o contraseña o resumen’. Cualquiera de estos significados responde perfectamente a la realidad profunda que esta fórmula pone de manifiesto. Es el signo o la señal distintiva del cristiano, el elemento que nos identifica como tales, la síntesis de nuestra fe, resumida de un modo preciso y completo.
Por eso, cuando en la celebración litúrgica recitamos la confesión de fe, el Credo o el símbolo de nuestra fe -en la próxima colaboración quisiera mencionar las diversas fórmulas rituales-, lo hacemos siempre en singular: “Yo creo”. Tanto si se hace en la forma dialogal, como es en la renovación de las promesas bautismales, como cuando la invitación se hace en plural, puesto que se nos dirige a toda la comunidad: “¿Creéis en Dios Padre Todopoderoso?”, la respuesta no puede dejar de ser personal, individual e intransferible, aunque se haga conjuntamente con los demás participantes. Cada cual sólo puede responder de su fe personal, de su esperanza cristiana, de su decidida intención en el seguimiento del Señor. Si otros hermanos cristianos lo afirman junto conmigo, tanto mejor. Personalmente sólo puedo afirmar lo que “yo creo”, como respuesta y alabanza por la obra que el Señor está realizando en mi propia historia.
