XXVI Domingo de Tiempo Ordinario
Por Juan Apecechea • 27 sep, 2009 • Sección: A la luz del Evangelio, Liturgia
“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”
l Una de las cosas más mezquinas y lamentables que se advierte en muchos partidos políticos es que nunca reconocen el aspecto positivo de las iniciativas o propuestas programáticas del adversario. Inmediatamente son criticadas o rechazadas, simplemente porque no provienen de sus filas. Según el Evangelio de hoy, algunos discípulos de Jesús tuvieron también reacciones de cierta ruindad e intolerancia.
l Curiosamente es Juan, el discípulo amado, quien denuncia el hecho de alguien que expulsaba demonios en nombre de Jesús. Incluso se enfrentaron a él queriendo impedírselo. Es especialmente significativa la razón que dan para justificar su intolerancia: “Porque no es de los nuestros”. Quieren monopolizar el prestigio de la figura de Jesús y apropiarse la capacidad de hacer el bien. ¿No será esa actitud como el presagio de la intransigencia que los cristianos y la Iglesia hemos tenido a veces a lo largo de la historia respecto a otras religiones, fuerzas o instituciones?
l En contraste con esa mezquina actitud, resalta la apertura y magnanimidad ecuménica de Jesús en este gran principio que él proclama: “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es como si dijera: Todo aquél que hace el bien, es de los nuestros. ¡Magnífico y fecundo este principio de Jesús! Es lo que nos propone a los cristianos de todos los tiempos.
“Si tu mano…si tu pie…si tu ojo…”
l He aquí algunas condiciones y exigencias que los cristianos debemos poner en práctica para poder entrar en el Reino de Dios:
- Ser tolerantes y confraternizar con todos los que hacen el bien, aunque no sean miembros de nuestra comunidad.
- Ser agradecidos con todos aquéllos que, de cualquier filiación que sean, nos ayudan o alivian, aunque sólo sea con un vaso de agua.
- No escandalizar ni dar mal ejemplo a nadie, sobre todo, a los más pequeños e indefensos;
- Emplear todas las facultades y sentidos (manos, pies, ojos), que Dios nos ha dado, para hacer el bien y no el mal.
l Nuestra condición de cristianos nos exige practicar fielmente toda esa conducta. Sólo así seremos testigos y colaboradores del Reino de Dios. Sólo así podremos librarnos del abismo de la muerte e insertarnos, ya desde ahora, en las coordenadas de la Vida.
