Cruz procesional

Por Alfredo López Vallejos • 25 oct, 2009 • Sección: El marco de la fe celebrada, Liturgia

z-foto-vallejosEntre los elementos esenciales que configuran el presbiterio, al menos en las iglesias parroquiales, junto al altar, el ambón y la sede presidencial, disponen todas de una cruz procesional, con la imagen de Cristo crucificado, que debe ser única en ese espacio y estar situada cerca del altar (OGMR 117, 122). Con ella se abre la procesión inicial, así como los traslados celebrativos, siempre que la ritualidad del acto litúrgico o la solemnidad así lo requieran. Estas cruces procesionales son también conocidas como cruces parroquiales, porque son como el distintivo y el signo de identidad de cada comunidad parroquial. No existen dos iguales, cada una responde a una época diferente, a unos condicionantes históricos precisos, a una situación geográfica, cultural, ambiental y hasta socio-económica precisa. Una de sus características es la de estar formada por dos elementos: el asta y la cruz propiamente dicha, en cuyo empalme se fue configurando un soporte, cúbico o esférico, que adquirió connotaciones simbólicas para representar a los cuatro evangelistas o una modalidad de “pantocrátor”, sobre la representación del universo.

Litúrgicamente resultan conocidas ya en el siglo VI y consta que, cuando fue coronado el emperador Carlomagno en el año 800, éste regaló al Papa la rica cruz procesional que presidió su cortejo. Desde hace siglos forman parte del espacio de la celebración, e identifican a cada comunidad cristiana, con ocasión de romerías o peregrinaciones, cuando varias comunidades se congregan procesionalmente para una celebración litúrgica y estacional conjunta. Las hay desde las más sencillas hasta auténticas obras maestras de orfebrería; románicas, renacentistas y modernas; de madera, plateadas y doradas; de brazos rectos o lobulados; planas o de armazón recubierto de metales preciosos y esmaltes. Las espléndidas y siempre diferentes cruces procesionales que se conservan en nuestras parroquias son un testimonio del alto aprecio que siempre se tuvo a este signo, el más importante, sin duda, de todos los accesorios del lugar de la celebración.

He sabido de una parroquia que ha hecho recientemente el encomiable esfuerzo de invertir dos tercios de su anual presupuesto ordinario en reparar una cruz renacentista recibida de sus antepasados. No ha sido ostentación, ni gasto superfluo sino signo de fe y de reconocimiento. No faltará algún discrepante por motivaciones sociológicas: “Se podía haber dado a los pobres”. Para respuesta, la de Jesús: “Pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mc.14,3-9). Si de verdad lo deseamos no nos van a faltar oportunidades para socorrerles.

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