Felipe, un buen pastor
Por Redacción • 22 nov, 2009 • Sección: Actualidad, Vida diocesana
“Ver venir…” Dos palabras llenas de sabiduría, de paciencia y sobre todo de confianza y esperanza cristiana. Dos palabras que muchas veces nos ponían nerviosos y hasta nos enfadaban a nosotros, jóvenes con tantas ansias de solucionar todo inmediatamente, ¡ya mismo! Dos palabras habituales en la boca y el corazón de un buen sacerdote.
Hablamos de Felipe Goñi Murillo, párroco de Huarte, fallecido el pasado lunes día 9 de noviembre después de sufrir callada y cristianamente una dura enfermedad. Tenía 72 años de edad y 48 años de sacerdocio, la mayoría de ellos, casi cuarenta, vividos en la parroquia de San Juan Evangelista de Huarte, primero como coadjutor, luego, hasta gastar sus últimas fuerzas, como párroco.
Cuántas horas dedicadas a todos, feligreses y vecinos del pueblo, y cuántas horas dedicadas a los jóvenes. Cuántos trabajos, preparando catequesis, haciendo y arreglando tiendas de campaña, limpiando una casa vieja, profundizando en un problema. Cuántos momentos de gozo en torno a un desayuno o una cena, en torno al altar de la Iglesia o al altar de la montaña. Cuántos campamentos, cuántas Pascuas juveniles, cuántas horas de íntimo diálogo, cuántas reuniones, cuántos momentos de silencio y oración, cuánta vida compartida. Tres imágenes tuyas se nos quedan en la retina del corazón para siempre. Allí, sentado en tu banco de la Iglesia, temprano por la mañana, orando a tu Señor y abierto a cualquiera que llegaba buscando su misericordia. Tu alegre y sincera sonrisa, tus afinadas y certeras bromas en las fraternas cenas de tu casa. Y de pie, en la tienda grande o en la capilla de la campa, a los pies de la montaña, con tu rostro serio y sereno, con tu mirada cercana y confiada, hablándonos de Dios y de seguir con todo, sin titubeos, al Señor Jesús.
“Forjador de personas”, te reconocieron una vez los padres de quienes éramos tus chavales. De pequeños nos gustaba ir a confesarnos contigo porque tu confesionario olía a tabaco. Crecimos, y nos gustaba ir a confesarnos contigo porque tus palabras y tus ojos brillantes olían y sabían al Amor de Dios. Vimos tu nervio y tu genio, ¡había que verte jugando a pelota! Poco a poco descubrimos que esa fuerza venía sobre todo de más arriba, del mismo cielo. Quisimos ser como tú, Felipe, y nos ayudaste a ser sacerdotes. Tratamos de seguir tu ejemplo: “ver venir…”
También los años fueron pasando para ti. Y aunque ya no podías guiar a los peques por los caminos y los montes de Arrieta, seguías caminando. Dabas tus buenos paseos para cuidar tu salud y recorrías las cada vez más numerosas casas de Huarte visitando a los ancianos y enfermos. Cuántas horas dedicadas a los mayores, cuántas palabras de consuelo y ánimo con tu tono vivaz y alegre, cuántas delicadas y oportunas Unciones, cuánto cariño dejado en tantos lechos llenos de dolor. Otra imagen tuya: entrando decidido y valiente en la habitación de un grave enfermo, seguro del Tesoro que portabas y de la Palabra de Vida que ibas a anunciar. Una Palabra que ha sido tu fuerza en este último año en el que, como decías, había llegado esa hora del dolor a tu vida. “Ver venir…”
Ahora te has ido a casa del Maestro, tú que has sido nuestro maestro. Ahora sí, ya has ido y has visto. Desde allí, Felipe, sigue iluminándonos a los que seguimos en el camino.
Tres de aquellos jóvenes, ahora sacerdotes como tú: José Javier, Francisco Javier y Jesús Mari.
