Gratitud de los padres

Por Félix García de Eulate • 22 nov, 2009 • Sección: Con ojos de catequista, Opinión

z-foto-eulateTener tres hijos adolescentes, un chico y dos chicas, puede ser motivo para lanzar un SOS: “¡Auxilio, tengo tres adolescentes en casa!” Pero, cuando están los tres participando en las catequesis de preparación para la confirmación, las cosas cambian. Interviene en el proceso de su crecimiento integral un factor externo de amistad, acompañamiento, reflexión y fe.

Decía su madre: “Estamos muy agradecidos a la parroquia y a los catequistas tan excelentes que tienen. Cuánto nos están ayudando en esta etapa tan crítica de la adolescencia de nuestros hijos”.

Este reconocimiento debe ser una satisfacción para las parroquias y un consuelo para los catequistas que no siempre ven reconocido su trabajo. También es un reto para responder con toda competencia al mejor nivel posible. En la edad de la adolescencia los chicos van buscando la afirmación de su personalidad. Se sueltan de las manos protectoras de sus padres. Sin embargo se abren hacia fuera, hacia el grupo. El grupo responde a sus deseos más profundos. Parece una edad tonta. Pero es providencial. Es tiempo de soñar el futuro. En la adolescencia se fragua el porvenir. Cuántas personas, al culminar su vocación en una carrera civil o eclesiástica, afirman: ya lo había pensado desde los catorce años.

En las reuniones de la catequesis se van formando grupos de amigos en torno a los catequistas. Surge la confianza al rezar, compartir debates, celebrar cumpleaños, salir a acciones conjuntas de caridad o de esparcimiento. El catequista se va ganando el afecto de los chicos. Le tienen respeto y cercanía. Escuchan de él lo que no oyen en ningún otro lugar. Palabras sensatas, llenas de bondad, de interés por sus asuntos, de criterios de iluminación de sus problemas, de orientación vocacional. Todo esto con prudencia, delicadeza y mucha oración. Porque “hacer” a una persona es una labor compleja y ardua.

Al final de la celebración de las confirmaciones tomó la palabra un padre de familia y le agradecía al señor Arzobispo por haberles conferido a los chicos los dones del Espíritu Santo. Con toda sinceridad dio gracias por los sentimientos de amor a la familia que les habían inculcado los catequistas, por las buenas costumbres de piedad y caridad. Finalmente agradeció sobre todo porque habían hecho un buen grupo de amigos y se habían apartado de amistades perniciosas. No pudo seguir más. La emoción le cortó la voz. Las lágrimas afloraron a sus ojos. Su hijo, gracias a la catequesis, se había salvado de la droga.

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