Sacerdotes (13)

Por José Luis Morrás-Etayo • 22 nov, 2009 • Sección: Conozcamos el código, Opinión

z-foto-morrasEl canon 277 toca un tema siempre de actualidad: el celibato sacerdotal. Nos dice: Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y de dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres.
Ya el canon nos da la finalidad de esta disciplina: unirse más fácilmente a Cristo y dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los hombres. Comenzamos por afirmar que el celibato no es un dogma de fe sino una disciplina eclesiástica que como tal podría cambiar. Pero esta disciplina responde a una tradición antiquísima que remite al propio Cristo y que aparece en la Palabra de Dios. En Mt. 19 encontramos a Jesús diciendo a los apóstoles que hay personas que han descartado la posibilidad de casarse por amor al Reino de Dios.
La primera ley conocida urgiéndolo a los clérigos es en el concilio de Elvira (303-306), en el c.33. El Papa Juan Pablo II el año 1993, en una audiencia general dijo respecto al celibato: “Jesús no promulgó una ley, sino que propuso un ideal del celibato para el nuevo sacerdocio que instituía. Este ideal se ha afirmado cada vez más en la Iglesia. Puede comprenderse que en la primera fase de propagación y de desarrollo del cristiano un gran número de sacerdotes fueran hombres casados, elegido y ordenados siguiendo la tradición judaica (…). Basándose en la experiencia y en la reflexión, la disciplina del celibato ha ido afirmándose paulatinamente, hasta generalizarse en la Iglesia occidental, en virtud de la legislación canónica. No era sólo la consecuencia de un hecho jurídico y disciplinar: era la maduración de una conciencia eclesial sobre la oportunidad del celibato sacerdotal por razones no solo históricas y prácticas, sino también derivadas de la congruencia, captada cada vez mejor, entre el celibato y las exigencias del sacerdocio”.
En el actual clima cultural, aparece con frecuencia el interrogante sobre el valor del celibato sacerdotal o, por lo menos, sobre la oportunidad de afirmar su estrecho vínculo y su profunda sintonía con el sacerdocio ministerial.
Las dificultades que algunos presentan hoy, se fundan a menudo en argumentos pretenciosos, como, por ejemplo, la acusación de espiritualismo desencarnado, o que la continencia comporte desconfianza o desprecio hacia la sexualidad, o también buscan motivo al considerar los casos difíciles y dolorosos, o del mismo modo generalizan casos particulares. Se olvida, por el contrario, del testimonio ofrecido por la inmensa mayoría de los sacerdotes que viven el propio celibato con libertad interior, con ricas motivaciones evangélicas, con fecundidad espiritual.

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