La belleza se oculta a la mirada práctica
Por Santiago Arellano • 31 ene, 2010 • Sección: Escuela de padres
Luminoso y genial me pareció el discurso que pronunció el Santo Padre Benedicto XVI en su encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina el 21 de noviembre de 2009. En la estela de lo que habían enseñado Pablo VI y el santo y gigante Juan Pablo II, precisó el papel de los artistas dentro de la misión de la Iglesia.
“¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y transfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella”.
Ninguna teoría estética ha asignado tan noble vocación al arte. Es encuentro con la vida diaria, “experiencia que no aleja de la realidad”, capaz de orientar en la búsqueda del sentido y de la felicidad. La belleza no es una parcela exclusiva para los eruditos, sino una ocasión universal para el gozo y el encuentro. Pero también en el arte se da el gato por liebre y entonces “lo efímero y lo superficial” sustituye a la belleza auténtica. Su función, como en la transfiguración de Nuestro Señor en el Monte Tabor, consigue que lo invisible se haga visible, lo oscuro luminoso, lo humano manifieste la aureola de lo divino.
La audacia de nuestro Sumo Pontífice es mayor todavía. Se atreve a citar a Dostoievski cuando escribió: “La humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero nunca podría vivir sin la belleza, porque ya no habría motivo para estar en el mundo”. Me viene a la memoria la anécdota que Víctor Fránkel cuenta en su obra “El hombre en busca de sentido”. En el campo de exterminio de Auchviz, los prisioneros, después de regresar de los trabajos forzados, salían de sus barracones a contemplar la puesta de sol, como único consuelo que les devolvía la conciencia de su dignidad y su condición humana.
Selecciono en esta ocasión un poema del libro “Del amor, del olvido”, Ediciones Rialp, 1972. Miguel D’Ors es el autor. Ninguno como él sabe decir todo con una sencillez casi coloquial. Sencillez que no oculta el gran esfuerzo creativo que tal modo de decir exige. Pero lo he seleccionado porque el poeta nos ofrece en su obra poética esa mirada capaz de trascender lo cotidiano, lo consabido y sorprendernos desvelándonos la verdad inadvertida por el común de los mortales. Sabe iluminar la otra cara oculta de cualquier realidad. Esa es la belleza tan necesaria como el pan. El ser humano añora verdades que le sosieguen el corazón.
El poema consta de tres partes. Os ofrezco sólo la primera. Con voz solemne, muy cercana a la voz del Único Maestro, amonesta y enseña con autoridad, y advierte contra los peligros de los falsos maestros: “no hagáis caso si os hablan de corrientes de agua, metros o centímetros cúbicos, curso bajo o alto, saltos de agua, o de la abundancia de sus peces comestibles”. Todo eso es mentira. “Todo lo que dicen los sabios”.
¿Acaso se ha vuelto loco el poeta? De ninguna manera. Claro que el poeta sabe que un río es una corriente de agua, que lleva de caudal metros cúbicos por segundo, que lo podemos aprovechar construyendo pantanos, etc. Pero sabe también que por definirlo y entenderlo así, difícilmente podremos descubrir la otra realidad no menos fecunda, eso que Dostoievski consideró más necesario que la ciencia y que el mismo pan y que si no existiera no valdría la pena vivir.
Miguel D’Ors en este poema quiere romper nuestros esquemas previos, para que descubramos lo que los sabios no pueden enseñarnos. Quiere que abramos los ojos a la realidad que sólo las almas sensibles, los poetas, nos pueden descubrir y mostrárnosla en palabras precisas. Los ríos son música que se nos invita a escuchar. Cada uno tiene su propia partitura, su propia melodía y sonoridad. Los ríos son espejos que agradecen la mirada de todo ser humano y sobre todo de los enamorados como enseñaba Gerardo Diego. ¿Acaso la felicidad tiene lugar fijo, como si sólo en el cauce alto de nuestras vidas (infancia o juventud) o en el medio o en el bajo pudiéramos encontrarla? El río en su fuga sin descanso nos advierte que siempre es posible la felicidad. Pero en el curso de la vida no son posibles los pantanos, porque nada puede detener el curso de los días ni remansar las aguas del tiempo. Hay que vivir cada instante como si en vez de realidad todo fuera un sueño, sólo así en cada momento se puede recuperar el gozo de la infancia y su ingenua inocencia. La riqueza del río no son sus peces. Su tesoro son toda la sucesión de estrellas, cumbres y amores reflejados. Como no podía ser menos todas las aguas tienen su cita con el mar, “que es el morir”. Manrique nos lo advirtió. El río, corriente de agua que fluye hacia el mar en metros cúbicos y caudales, ha sido transfigurado por la palabra del poeta, nos ha mostrado la faz oculta.
¿Qué es río?
Miguel D’Ors
Si os hablan de corrientes de agua, no hagáis caso:
eso es mentira todo: yo os hablo de canciones.
Si Dios a cada río le dio su partitura
es natural que suenen y suenen y resuenen
(hay ríos que son valses y ríos tan ligeros
que tienen melodías campesinas de flauta).
No hagáis caso si os hablan de centímetros cúbicos:
un río es un espejo -tenedlo bien presente-
donde puede mirarse cualquier enamorado,
porque todos los ojos les gustan a los ríos
(quiero decir con esto que si os miráis en uno
será vuestra mirada sencilla como un ave).
No hagáis caso si os hablan de curso bajo y alto,
que la felicidad no tiene sitio fijo,
ni creáis esa historia de los saltos de agua,
siempre tan necesarios y tan beneficiosos.
Son las esclavitudes que imponen a los ríos;
pero un río no puede detenerlo cualquiera:
un río corre y canta y escapa entre los dedos
y hay que tener el agua que pasa muy
soñada
para vivir de nuevo un minuto de infancia.
No hagáis caso tampoco si os hablan de los peces
que pudieran pescarse: eso es todo mentira;
pensad únicamente cuántos niños y sauces,
cuántas montañas altas se han mirado en su espejo,
cuántos amores fueron creciendo a sus
orillas…
Éste es el gran tesoro que tiene cada río.
Todo es mentira, todo lo que dicen los sabios.
Sólo una cosa es cierta: que tienen una cita,
que el mar está esperando que lleguen a sus brazos.
No hagáis caso si os hablan de litros por segundo,
que estar mirando un río es como estar soñando;
y si dicen de alguno que es poco caudaloso,
considerad vosotros su gran caudal de estrellas.
