¡Lo conseguí!
Por Antonio Rojas • 10 feb, 2010 • Sección: No te rindasNorteamericana de nacimiento, Wilma Rudolph, era una muchachita de color, alegre, simpática, muy guapa, y de eterna sonrisa. Fue la verdadera estrella de los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 al conseguir tres medallas de oro. Se ganó el sobrenombre de Gacela negra y supo conquistar al mundo con su encanto natural y con sus hazañas deportivas.
Esto fue a los 20 años; sin embargo, Wilma Rudolph, a los cuatro años era una niña poliomielítica.
En su infancia hubo mucha hiel, quizá demasiada. Eran diecinueve hermanos. Sus padres, braceros de Clarksville, en el estado de Tennessee. Infancia infeliz. A los cuatro años una escarlatina, seguida de pulmonía doble, acabó paralizándole una pierna.
Pero la futura Gacela negra tenía una voluntad feroz. Sabía -sin saberlo- que el arte de triunfar es el arte de saber empezar muchas veces. De los cuatro a los ocho fueron años de auténtico calvario para la pequeña Wilma. Los dos primeros los tuvo que pasar en una silla de ruedas y durante cinco más necesitó de la ayuda de una muleta para poder andar. Sus padres consiguieron ahorrar dinero para un fisioterapeuta y, tras durísimas sesiones de recuperación que comportaban un extraordinario sacrificio, se recuperó de forma tan prodigiosa que a los once años era la figura estelar del equipo de baloncesto del colegio.
A los 16 años es seleccionada para formar parte del equipo norteamericano de 4 x 100 que ha de correr en los Juegos Olímpicos de Melbourne (1956). Allí gana la medalla de bronce y conoce a Betty Conthberd, a la que se propone imitar: “Haré en Roma lo mismo que ha hecho Betty en Melbourne”.
Cuatro años después, en 1960, la Ciudad Eterna paga a Wilma sus muchos sacrificios, su triste infancia, sus interminables sesiones de recuperación: medalla de oro en los 100 metros, medalla de oro en los 200 metros y medalla de oro en los relevos 4 x 100.
Fueron días gloriosos para aquella joven que había pasado casi la mitad de su vida sin poder andar como las demás niñas de su edad.
Cuentan que, de regreso a los EE.UU., exultante de satisfacción, la recién nacida Gacela negra exclamó: “LO CONSEGUÍ”.
