El cura de Ars, catequista (I)

Por Félix García de Eulate • 10 feb, 2010 • Sección: Con ojos de catequista

Este año estamos acercándonos de manera particular a la figura del santo cura de Ars porque celebramos los 150 años de su muerte. San Juan María Vianney se ganó con su ejemplar celo pastoral ser el patrono de los sacerdotes. Por eso este año, el papa Benedicto XVI lo ha declarado año sacerdotal. Nos preguntamos: ¿qué clase de catequista era el cura de Ars?

Para saberlo hay que situarse en una época histórica entre el 1786 y el 1859. En sus 73 años vividos en el entorno de la ciudad francesa de Lión le tocó conocer a nivel político, social y religioso grandes convulsiones. En el aspecto religioso, la revolución francesa trajo la persecución, la secularización y la ruptura con la Iglesia. También hubo errores contrarios a la doctrina católica. En contrapartida surgieron al mismo tiempo numerosas congregaciones, asociaciones e instituciones novedosas. Fueron los años del dogma de la Inmaculada Concepción. En este escenario se sitúan las figuras de grandes santos y de nuestro catequista, el cura de Ars. La enseñanza religiosa se llamaba entonces “el catecismo”. Lo primero que tuvo que hacer como coadjutor de una parroquia fue dar el catecismo a los niños. Era al mismo tiempo amable y exigente. Los niños eran sus preferidos. A través de ellos con su trato jovial y bondadoso se ganó el aprecio del pueblo de Ars. Se sirvió para atraerlos del canto y de ponerles túnicas blancas a los monaguillos para las celebraciones y las procesiones. Les decía: “Cuando estéis delante de Jesús sacramentado pensad que estáis delante de Dios y hacéis las veces de ángeles”.

Comenzaba las catequesis con los niños de la primera comunión a las seis de la mañana. Los niños iban luego al campo a trabajar. A los primeros en llegar les obsequiaba con algún detalle, así suscitaba una porfía por llegar primero. A mediodía tenía catequesis de adultos para todos. Eran unas catequesis directas, con preguntas provocadoras de respuestas y compromisos. Usaba mucho las expresiones con el interrogante: ¿y tú…? ¿y vosotros…? No le faltaba el humor. Un día le dieron un bofetón y él respondió: “¡Amigo, la otra mejilla tendrá celos!” Es decir, era catequista con el ejemplo. Su catequesis se puede definir como encarnada en la vida. Constantemente hacía referencias a los asuntos más ordinarios de cada día. Embelesaba a los niños con sus comparaciones dichas en un lenguaje popular, familiar en el argot y con el acento del lugar. Se preparaba mucho. Sacaba materiales de autores diversos. Tomaba apuntes y sugerencias de sus compañeros. Pero finalmente le daba a todo su propio estilo. La expresión “el buen Dios” era como su muletilla en las catequesis. “El buen Dios es la alegría del que le ama”. o

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