El uso correcto de la disciplina
Por Robert Kimball • 19 feb, 2010 • Sección: Evangelizar en y desde la familia
Al explicar los servicios de un instituto de Pamplona a los padres de nuevos alumnos, el director de dicho centro resaltó el buen comportamiento de los alumnos apoyado en “la convivencia y el respeto”. Durante su larga intervención, en ningún momento empleó la palabra “disciplina”. Parece que la palabra “disciplina” ha sido sustituida por las palabras “convivencia”, “respeto”, etc. Me pregunto por qué la palabra “disciplina” tiene actualmente tan mala prensa. ¿Será porque recuerda tiempos anteriores cuando la disciplina era sinónimo de duros castigos aplicados a aquellos que infringían cualquier norma, por muy insignificante que fuese? ¿Estamos todavía a tiempo de recuperar la buena disciplina, pedagógicamente hablando, que es tan necesaria en la educación de nuestros hijos?
La recta disciplina consiste en el cumplimiento necesario de los deberes familiares y sociales y en la educación en el esfuerzo, que consiste muchas veces en el dominio de uno mismo. La disciplina concebida así se convierte en una herramienta fundamental y muy eficaz en la formación de los hijos. Pero para que la disciplina resulte realmente útil para los hijos, es menester que los padres aprendamos a disciplinarnos a nosotros mismos. Por ello, es muy conveniente que los padres demos constantes ejemplos de autodisciplina: controlando nuestros sentimientos cuando alguien nos critica o hace daño injustamente, renunciando a nuestro propio disfrute para atender las necesidades de otros miembros de la familia, cumpliendo con las tareas domésticas que nos corresponden, mostrando un decidido esfuerzo en nuestra mejora profesional, etc. Los padres no tenemos derecho a exigir de nuestros hijos aquello que no estemos dispuestos a exigir de nosotros mismos.
La disciplina nunca ha de ser un instrumento de control absoluto o de autoridad abusiva. Y los padres no debemos olvidar que la clase de disciplina que hemos aplicado a nuestros hijos probablemente será el mismo tipo de disciplina que ellos empleen con sus hijos. En último término, la buena disciplina es un reflejo del amor que sentimos los padres hacia los hijos y ayuda a todos los miembros de la familia a crecer en el amor, la ayuda mutua, el perdón, y la unidad. La disciplina entendida de esta manera ofrece a la sociedad un magnífico testimonio de la fe cristiana vivida en el entorno familiar.
