El cura de Ars y los catequistas (II)
Por Félix García de Eulate • 20 feb, 2010 • Sección: Con ojos de catequista
Acudían a escuchar sus catequesis y a confesarse personas de todas partes, de toda clase social y nivel cultural. Eran tantos los miles que peregrinaban a Ars que tuvieron que poner un servicio regular diario de transporte desde Lyón. ¿De dónde le venía aquella capacidad de convocatoria que tenía aquel humilde cura rural, aislado en un pobre pueblo? ¿Qué misterio tenían sus catequesis? Que eran catequesis de conversión.
Sus explicaciones, la doctrina, los ejemplos, el ardor que ponía tenían como finalidad suscitar la fe en Jesucristo y como consecuencia la conversión. (Cfr. Catequesis en un proceso de conversión: AG 13 y DGC 85) Se comprobaba que ésta era real en la participación en la vida de la iglesia, tanto en las celebraciones litúrgicas como en la vida de caridad y en los comportamientos morales. La conversión tenía que ser evidente, visible, como consecuencia lógica de algo que es de orden espiritual e interior. Así es como a los cinco años de estar en Ars decían: Ars ya no es Ars. Se veía ya en la vida pública y en la práctica religiosa que habían cambiado las malas costumbres.
El cura de Ars era exigente. No dudaba en postergar los sacramentos cuando veía que los candidatos no estaban suficientemente instruidos y no mostraban su conversión haciéndola manifiesta en su vida moral, su participación en las celebraciones de la comunidad y en compromisos con la parroquia. Después hacía un seguimiento de perseverancia y decía: “¡Cuántos apóstatas hay, de hecho, que han renunciado a su religión y que son cristianos sólo de nombre!” Estaba bien convencido de que sus catequesis producían conversiones por la gracia de Dios. Esta gracia la obtenía poniendo de su parte: oración intensa, el ejemplo, el sacrificio, el ayuno, las penitencias, el aguante en las persecuciones e incomprensiones. Ofrecía por la conversión de sus vecinos todo lo que tenía que sufrir por el frío, el hambre, los dolores de cabeza y los cólicos. Cuando le venían enfermedades decía: “El buen Dios es muy bueno”. Puso en práctica lo que es un principio fundamental de la pastoral: “No hay redención sin sufrimiento”. (Heb 9, 22). En algunos casos sus lágrimas constituían lo más importante de las catequesis. Constantemente rezaba: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; consiento sufrir cuanto queráis durante toda mi vida con tal que se conviertan”.
Un sacerdote enviado por el obispo a comprobar la competencia de sus catequesis, al volver relató: “En sus catequesis las personas se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. o
