Tiana y el sapo
Por Ruth Gutiérrez • 20 feb, 2010 • Sección: La filmoteca
FICHA TÉCNICA
Título Original: The princess and the frog. Año: 2009. Nacionalidad: USA. Duración: 97 min. Valoración: Bien. Dirección: Ron Clements y John Musker. Guión: Ron Clements, Rob Edwards, John Musker, Greg Erb y Jason Oremland. Producción: Peter Del Vecho. Música: Randy Newman. Montaje: Jeff Draheim. Diseño de producción: James Aaron Finch. Distribuidora: Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Doblaje original: Terrence Howard, Anika Noni Rose, Bruno campos, Jim Cummings, Keith David, John Goodman, Oprah Winfrey, Jenifer Lewis.
La nueva película animada de Disney se ha presentado en sociedad como un logro de nuestros tiempos democráticos. Al ser protagonizada por una “princesa” negra, la ruptura con el llamado tabú racial marca también una senda política en la factoría de los sueños. Sin embargo, esta historia encierra un valor superior al argumento de venta antes mencionado (y un tanto falaz): la princesa no lo es al uso, sino en sentido figurado. Los orígenes humildes de Tiana -en medio de una Nueva Orleans con sabor a jazz y blues, aunque cargada de tópicos- son la clave de interpretación de este cuento.
Aunque el cuento de los Hermanos Grimm, “La princesa y la rana”, resuene en la narración -y en el título- esta comedia musical abandona pronto el mito de la confianza, la belleza interior y las apariencias, para optar por algo más realista. Se trata del mito de la gran luchadora. Todo lo que quieras lograr en este mundo hazlo a través del trabajo, del esfuerzo personal. Quien pretenda recurrir a la magia para prosperar se perderá en el reino de las sombras. Con un argumento de esta índole, es necesario cuidar con especial esmero la motivación dramática. ¿Qué es lo que activa y llena de ilusión a la protagonista?: el sencillo pero profundo ejemplo de sus padres, y en especial, la abnegación y sacrificio de su padre. La entrega de sus progenitores da sentido al viaje de Tiana y de un sapo vago. Es fácil empatizar con una película que nos recuerda a todos (y en especial, a los niños) la importancia del amor verdadero (el de la familia) frente a los éxitos mundanos. Aunque el contexto mágico del filme se hace incomprensible a los ojos de la infancia, para los adultos acompañantes se convierte en una explicación, en ocasiones divertida, de un idealismo un tanto febril. Merece la pena acercarse al mundo desenfadado y rítmico del sur de los Estados Unidos, donde una genuina aristocracia, viva y llena de laboriosidad, piedad y honradez, recrea la imagen del optimismo. o
