Celda 211
Por Ruth Gutiérrez • 28 feb, 2010 • Sección: La filmoteca
FICHA TÉCNICA. Título Original: Celda 211. Año: 2009. Nacionalidad: España y Francia. Duración: 110 min. Valoración: Notable. Dirección: Daniel Monzón. Guión: Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón; basado en la novela de Francisco Pérez Gandul. Producción: Emma Lustres, Borja Pena, Juan Gordon y Álvaro Augustin. Música: Roque Baños. Fotografía: Carles Gusi. Montaje: Mapa Pastor. Diseño de producción: Antón Laguna. Vestuario: Montse Sancho. Interpretación: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Marta Etura, Carlos Bardem, M. Morón.
La lluvia de parabienes y felicitaciones que ha caído sobre Celda 211 es más que merecida. Por fin y después de recorrer un desierto insultante de películas banales made in Spain, nos encontramos ante un thriller carcelario excelente. Pues no se trata sólo de la mejor película española del año, según nuestra academia (dato que quizá diga poco…), sino de un drama notable en sí mismo. La seriedad latente en la maraña honesta de unos personajes desgraciados, el tratamiento realista de la confines del mal, la mirada compasiva sobre las corruptelas internas de un penitenciario, los desvelos y los deseos de bien de la gente sencilla hacen de esta historia un ejemplo genuino de buen guión y buena dirección fílmicas.
Aunque el filme lleva el nombre de un lugar, bien podría haberse titulado “Malamadre”. Es sin duda el papel interpretado por Luis Tosar el que genera la vida del relato. Si algo queda en la retina del espectador es la encarnación de un preso honesto (si es que cabe la combinación), cuya conducta consiste en sobrevivir con rectitud en medio del infierno. Por otro lado, la premisa resulta muy novedosa: un joven funcionario de prisiones se adelanta a su primer día de trabajo, haciendo una visita de presentación informal a la cárcel. Pillado en medio de un motín, es herido y trasladado momentáneamente a una celda vacía. Pero sus compañeros funcionarios huyen antes de que les dé tiempo a sacarlo. Y a partir de ahí, Juan (por Alberto Ammann) finge que es un preso más asumiendo poco a poco la corriente de violencia desatada.
La unidad de acción y el ritmo de la historia son impecables por la sencillez, dinamismo y sentido que aportan al conjunto. Y el guión, aunque sometido en ocasiones a efectos difíciles de disfrazar de verosimilitud, denuncia el abotargamiento mental que padecemos respecto al derecho a vivir como personas de los presos. Si llegaron siendo delincuentes, los encarcelados en esta historia no quieren convertirse en escoria ni en “la basura” humana a las que les reduce el odio de la sociedad. Parecen anhelar una restitución de su dignidad que no es animal, aunque lo parezca.
