El yunque del dolor

Por La Verdad • 28 feb, 2010 • Sección: Tribuna libre

Marino Purroy Remón

Los hombres primitivos religiosos, cuando Dios no les solucionaba sus problemas, le echaban en cara su sordera: “¿Para qué ayunar si Tú no te das cuenta? ¿Para qué mortificarse si Tú no te enteras?” (Is 58,3).
Desde Cristo la oración, más que para poner a Dios a nuestra disposición, es para ponernos a nosotros a sus órdenes. Para abrirnos a su amor. Para que, una vez realizados personalmente como Él espera, nos comprometamos a colaborar con Él en la renovación material y espiritual del mundo.
Lamentablemente, veinte siglos de Evangelio no han acabado de desenterrar las viejas ideas. Porque cada vez son más los que, al sobrevenirles algún contratiempo, reaccionan quejándose, repitiendo “¿por qué a mí?, ¿qué pecado he cometido yo para que me pase esto?”
A Práxedes Fernández, una madre asturiana candidata a los altares, algunos vecinos la molestaba diciendo: ¿Para qué reza usted tanto? ¿No ve lo mal que le va? Precisamente en la oración y comunión diaria cargaba ella pilas para seguir feliz en la dura brega por sacar a flote a su familia a pesar de tantas privaciones y contratiempos. Porque había quedado viuda muy joven al morir su esposo en accidente ferroviario. Y diez años más tarde, también en otro accidente, había perdido al mayor de sus tres hijos.
En el yunque del dolor, no entre algodones y blanduras, se forjan los verdaderos hijos de Dios como Práxedes. Y es en la oración, en diálogo con Jesús, donde se aviva el amor para afrontar con éxito todas las pruebas que van saliendo al paso de cuantos tienen la ilusión de colaborar en el triunfo de Cristo en el mundo.

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