Haití: misterio y realidad
Por La Verdad • 28 feb, 2010 • Sección: Tribuna libreP. Crésio Rodrigues da Silva
La reciente catástrofe en Haití apunta un misterio por detrás de la naturaleza y, otra vez, expone una realidad humana: el límite de su saber científico, de su obrar tecnológico y social.
Nos preguntamos: ¿por qué una catástrofe de tal envergadura sobre la gente más sufriente de las Américas? Es probable que los científicos expliquen el hecho natural de Puerto Príncipe por la Física y Geología, pero no es suficiente. Los interrogantes continúan: ¿hay algún misterio, algo cabalmente inexplicable, que está por encima de las capacidades humanas, que supone una fuerza o sutileza muy particular?
La cuestión del misterio recae primero sobre las dimensiones física y social y, después, filosófica. Este pueblo, el más pobre de aquel continente, con el 80% de su población bajo el umbral de la pobreza (con una renta per cápita de 772 dólares, 98% de su superficie desforestada, etc.) ha vivido una especie de Vía Crucis en su historia.
Ya antes de la independencia de Francia, el 1 de enero de 1804, dos seísmos estremecieron Puerto Príncipe, concretamente el 18 de octubre de 1751 y el 3 de enero de 1770 (de 7,5 grados en la escala de Richter) que lo devastaron por completo. En este escenario, el terremoto del 12 de enero de 2010 (con 7,0 en la escala de Richter), aparece como la estación de la tercera caída en la subida al calvario, generando muchas heridas, dejando más de 100.000 muertos, entre ellos la famosa brasileña Zilda Arns Neumann cuya biografía merece la pena conocer. Después de la insuficiencia de las explicaciones científicas y sociales, la pregunta más prolongada, a la que remiten estos acontecimientos, es sobre el orden y regencia del universo, ya que el azar es respuesta demasiado tacaña para nuestra razón. Tal pregunta expone, inmediatamente, el límite de las capacidades de los hombres.
Es innegable el progreso científico a lo largo de la historia, y el hombre llegó a encontar maneras de prever algunos acontecimientos futuros. Por ejemplo, un artículo publicado en el diario Le Matin de Haití en septiembre de 2008 mostraba los comentarios citados por el geólogo Charles Patrick sobre un alto riesgo de mayor actividad sísmica en Puerto Príncipe. Sin embargo, ésta y otras indicaciones no son absolutamente controladas por el hombre: son probabilidades avanzadas que aún quedan indeterminadas en cuanto al momento y las proporciones, además de sometidas a otros factores variantes no conocidos.
La cuestión del límite es para el hombre un desafío constante de nuevos retos. El mismo progreso en el ámbito de las ciencias va abriendo otros surcos, parece que va señalando un punto final más allá de nuestro alcance intramundano.
Ante el terremoto de Haití percibimos nuestra fragilidad, nos quedamos sin respuestas. Los que murieron… quizá evitaron otros sufrimientos futuros. Los que han sobrevivido…, claro, van a reconstruir esta ciudad; tal vez el país tendrá mayor apoyo internacional para desarrollarse. Pero, a los que presenciaron el hecho o quienes van a vivir allí, ciertamente un drama les va acompañar de ahora en adelante.
Debemos asumir la posibilidad de otros terremotos, volcanes, tsunamis, tifones, meteoritos o huracanes en la tierra. Por desgracia, a las indomables catástrofes naturales se añade la bestialidad humana con respecto al cuidado de la misma naturaleza y a la experiencia demasiado peligrosa con armas químicas y energía atómica. Y ¿la realidad social? Desde el día del terremoto a hoy han fallecido millones de personas que malvivían por el hambre, la falta de sanidad, el aborto, las luchas tribales o guerras crueles en varios países. ¿Qué hace la ONU, la comunidad internacional? ¿Qué hacemos nosotros mismos para evitar aquello que sabemos evitar? Somos culpables, ésta es la realidad. Quizá podríamos remediar algo en el día de la Campaña contra el Hambre que acaba de celebrar Manos Unidas o en otra organización. Pero la realidad es que ayudamos poco. Somos egoístas.
Las cuestiones del misterio y del límite no nos pueden paralizar. No basta una aceptación resignada de hechos como los mencionados. Los científicos y gobernantes, especialmente, tienen la tarea obligada de buscar nuevas soluciones, las más avanzadas posibles desde el punto de vista científico y social, para proteger a los pueblos fragilizados y a toda la humanidad.
Los creyentes conservarán la esperanza de que estos sacrificios no sean la última palabra. En un depósito de estiércol ¡puede nacer una flor! Quedará la confianza en Dios, el creador del mundo que, por esto mismo, se supone que está en el control. El campo de la fe ahí es infinito, su soporte es la confianza y la esperanza, el trabajo y la comportilla.
Después de esta catástrofe en Haití, las investigaciones científicas quitarán dudas y la solidaridad efectiva minimizará dolores… pero permanecerán el misterio y el límite. o
