Semana Santa: El triunfo del Amor

Por La Verdad • 29 mar, 2010 • Sección: Portada

DOMINGO DE RAMOS

El Domingo de Ramos nos introduce en la Pasión de Jesucristo. Entramos así en lo más hondo del misterio del hombre. Pero no sólo porque entremos en el misterio del dolor y de la muerte. Misterio, en cristiano, no quiere decir desasosiego y negrura, sino un desbordar inabarcable de realidad y de luz. Texto: Mons. Javier Martínez.

Ciertamente, el dolor y la muerte ponen de manifiesto una esclavitud radical, un límite imposible de sobrepasar. Es un límite que lo cuestiona todo, al que es imposible mirar de frente sin que el corazón se llene de preguntas. Incluso cuando no se piensa en él, su horizonte está siempre ahí: también, si el hombre conserva su razón, en el éxtasis del amor, del hallazgo de la verdad o del encuentro con la belleza.

El dolor, físico o moral, quiebra el lenguaje y hace callar la palabra. Si es lo suficientemente intenso, rompe toda comunicación. Sólo el grito, o el quejido, o el silencio, son adecuados a su herida. Ya veces sólo la caricia puede expresar todavía un deseo de compañía, dolorosamente consciente de su impotencia. Porque en esa caricia puede estar todo el amor del mundo -y todo el amor del mundo es lo que más se necesita en esos momentos-, pero todo el amor del mundo no es capaz de acompañar realmente, o de devolver la vida o la salud.

Esa soledad tiene que ver con la herencia del pecado, con un mundo que ya no es percibido como signo de la luz y del amor de Dios. Aunque no todos los hombres conozcan una muerte como la de Cristo, la Pasión, como peripecia humana, es en cierto modo la historia de todo hombre. Es igual a la historia de millones de hombres. Y es inevitable. Por ese lado, no habría nada que celebrar. Pero en ese mundo, opaco y duro, ha entrado libremente Jesucristo. Y ha entrado hasta la soledad del sufrimiento, hasta la traición y el abandono de los amigos, hasta el juicio con testigos falsos, la condena y el suplicio injustos, la fiebre de la tortura y el frío de la muerte. Así consumó la Encarnación, abrazando hasta el final la condición humana, sin condiciones y sin límites.

Desde el abrazo de Cristo, lo más hondo del misterio del hombre ya no es su muerte. El hombre ya no está sólo en ella. Como ese abrazo es el del Hijo de Dios, la cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad, y ha destruido el poderío de la muerte. Por ese abrazo, desde Cristo, la pasión del hombre viene a ser también la pasión de Dios, el Inmortal, el Invencible. Ahí Dios se revela como el Dios verdaderamente más grande, como Aquel mayor que el cual nada puede pensarse. La entrada en Jerusalén fue una entrada triunfal no sólo porque las masas, al igual que cada uno de nosotros y casi por definición, son volubles, manipulables, arbitrarias. La entrada en Jerusalén fue triunfal también porque desde aquella Pasión del Hijo de Dios, la pasión del hombre ya no es la hora de la derrota, sino la hora paradójica y misteriosa del triunfo: el triunfo del amor infinito de Dios sobre el infierno y la soledad del hombre.

Símbolos del Domingo de Ramos

La procesión con las palmas: Es una forma representativa de recordar los siguientes hechos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la acogida gozosa con ramas y palmas de los sencillos, el peregrinar al centro del cumplimiento de su misión. La repetición litúrgica del hecho supone la actualización e implicación de la comunidad en el acontecimiento. También hoy somos llamados a reconocer al Mesías, a unirnos a los gritos de los sencillos, a asumir la misión.

La lectura de la pasión: El que en este día se proclame la pasión, indica claramente la intención de unir desde el principio las dos caras del misterio pascual: fracaso y triunfo, muerte y resurrección, dolor y alegría… Sólo que el orden en que se nos presenta en este domingo es original: primero el triunfo (procesión) y luego el fracaso (pasión). Es la forma de la Iglesia de actualizar el misterio sin divisiones, invitándonos desde el principio a seguir a Cristo hasta la cruz, para participar también de su resurrección.

JUEVES SANTO: LA NOCHE MÁS LARGA DE LA HISTORIA

Fue la noche más larga de la vida de Jesucristo: desde el prendimiento en el huerto de Getsemaní hasta el alba del viernes santo. Cristo fue herido, acribillado, en su honor de hombre, en la noche más larga de la historia humana. Más todavía, fue destrozado en su honor de Hijo de Dios. Psicológicamente, el tiempo se detuvo en aquella noche de la ignominia. Texto: Mons. Javier Martínez.
Todo ser humano desea ser respetado, ser tratado como lo que es. Todo ser humano tiene el sentido de la dignidad. Tiene también el sentido del honor. Y está dispuesto a morir antes de ver violado su honor. Un hombre digno pone el honor por encima de todo: Del mundo, de las cosas, del dinero, del bienestar, del placer. Prefiere ser un mendigo, pero que nadie le escupa, que nadie le abofetee. Cuando se viola el honor, el hombre se rebela y está dispuesto a lo que sea con tal de hacer respetar su honor o de verlo resarcido. Quiero detenerme a ver el honor de Cristo destrozado por sus mismos amigos. Cristo ha dado su corazón y su amistad a unos hombres, y éstos se muestran indignos de esa amistad, la violan, e hieren así a Jesucristo en su dignidad de amigo.

Contemplemos la traición de Judas: Llega con un tropel de soldados y le traiciona de la manera más indigna: Con un beso. Con todo, Cristo le llama amigo. ¡Qué mansedumbre de la mirada de Jesús a éste pobre desgraciado! ¡Con qué amistad, con qué amor miraría a Judas! ¡En vano! Traicionado por Pedro, que no lo reconoce, que reniega de Jesús. Con su negación pisotea el honor de Jesús que se ha dignado contarle entre sus amigos y discípulos. ¡Qué penetrante debió ser la mirada de Jesús, y a la vez qué dulce, para que Pedro, que le ha negado, salga del palacio de Caifás y comience a llorar amargamente! Abandonado por todos los apóstoles: “Todos lo abandonaron”, constata el evangelista. ¿Dónde están? Perdidos en medio de la ciudad, en la oscuridad de la noche, descontrolados, temerosos de ser reconocidos como discípulos de Jesús. La dignidad de la amistad, ¡qué bajos fondos toca en el alma de estos apóstoles! Abandonado también por su pueblo. El pueblo que había recibido tantos beneficios de él, que le había escuchado, que había sido curado por él…en el palacio de Pilatos no sabe sino gritar: ¡Crucifícale!

Podemos aplicar también los sentidos a contemplar a Cristo deshonrado, tratado inhumanamente, siendo inocente. Tratado no sólo como criminal, sino como deshecho de hombre: Primero, abofeteado por un esclavo; luego escupido por unos cuantos soldados, medio borrachos; además, azotado, coronado de espinas sin piedad…En esas horas nocturnas se acumula toda la brutalidad del mundo contra Jesús, toda la ignominia del hombre.

La visión de fe, ¿qué descubre en todo esto? En primer lugar, a la fe impresiona el silencio de Dios. Ante la inhumanidad de los hombres Dios calla; acepta, ama, sufre y redime en silencio. Nosotros nos hubiésemos rebelado, no hubiésemos permitido eso. Dios, que tenía poder de cambiar la escena, no lo hizo. Con su silencio descubre al hombre lo salvaje que es cuando se deja llevar del instinto de su naturaleza. Quiere hacer ver al hombre el abismo al que ha descendido como ser humano: No es digno de llamarse hombre. Por todo eso, Dios guarda silencio, un silencio que quiere ser enormemente elocuente.

La visión teologal nos ayuda también a descubrir la fe de Dios en el hombre. En todo hombre se esconde una fiera y un ángel. En esa noche el hombre ha demostrado con Jesús toda su bestialidad. Ha demostrado hasta donde puede llegar su alma de fiera. Jesucristo conoce, sin embargo, el corazón del hombre y tiene fe en el ángel que anida en su corazón. Calla, acepta, sufre como Dios para despertar ese ángel dormido que existe en todo ser humano; para redimir al hombre de esa bestia que lleva en el corazón, para matarla, y así lograr que el ángel, ya despierto, pueda vivir y manifestarse. Cristo tiene fe en el hombre, capaz de ser convertido en un verdadero hombre a la medida del salvador, el hombre nuevo.

¿Por qué sufre Cristo tanta ignominia? “Permanece de rodillas inmóvil y silencioso, mientras el impuro demonio envolvía su espíritu con una túnica empapada de todo lo que el crimen humano tiene de odioso y atroz…¡Cuál fue su horror cuando al mirarse no se reconoció, cuando se sintió semejante a un impuro, a un detestable pecador! Sus labios, su corazón eran como los miembros de un pérfido y no como los de Dios. Son esas las manos del Cordero inmaculado de Dios hasta ese instante inocentes, pero rojas ahora por mil actos bárbaros y sanguinarios. Son esos los labios del Cordero, ahora profanados por las visiones malignas y las fascinaciones idólatras en pos de las cuales abandonaron los hombres a su adorable creador. Su corazón está congelado por la avaricia, la crueldad, la incredulidad. Su memoria misma está cargada con todos los pecados cometidos desde la caída en las regiones terrestres. Así se ve a sí mismo Jesús hasta no reconocerse” (Martín Descalzo). ¿Por qué? Por mí, para mí y en lugar mío. Por la humanidad, para la humanidad y en lugar de la humanidad. Esta es la verdadera visión que nos da la fe, ante el misterio de la pasión de Cristo.

VIERNES SANTO: MUERTO Y SEPULTADO
Nadie llega a ser plenamente un ser humano hasta tanto no pasa por el trance de morir. A los humanos se nos suele llamar también los mortales porque de la guadaña no se escapa nadie. Y, menos, el Hijo de Dios e Hijo del Hombre, cuya razón de venir al mundo era igualarse al máximo con nosotros, menos en el pecado. Y tanto más, cuanto que fue precisamente su muerte la mejor muestra de obediencia, de amor a los hombres, de comunión con nuestro destino e incorporación de los hombres al suyo. Sin la muerte física de Jesús no alcanzaría su verdad entera la Encarnación del Hijo de Dios. Texto: Mons. Antonio Montero.
Todo se ha cumplido. Estamos en el fin del final: – “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, inclinó la cabeza y expiró. Los soldados de Pilato le dieron por muerto y no le quebraron las piernas como a los otros dos crucificados. Con todo, uno de los guardianes recordado después como Longinos por la tradición cristiana- para cerciorarse de su muerte, y como “tiro de gracia”, empuñó la lanza y taladró con ella el costado, es decir, el corazón, del crucificado, del que manó luego sangre y agua. Con lo cual, la lanzada vino a rubricar a un tiempo el acta de defunción del Mesías, clave de nuestra salvación, y también su amor insondable a los hombres, hasta la última gota de su ser viviente. Vale decir también lo del “tiro de gracia” (expresión, por otra parte, extrañísima), porque la brecha de Longinos hizo saltar los manantiales de la gracia redentora: agua del Bautismo, sangre de la Eucaristía, nacimiento místico de la Iglesia, del costado de Cristo ya exangüe, como lo fuera Eva del de Adán dormido.

Todos los comentaristas de este pasaje evangélico, hasta los exégetas de hoy, buscan claves simbólicas para su interpretación. Es el mismo San Juan el que da pie para ello, confesándose testigo de los hechos, cosa que hace rara vez en su Evangelio: “El que lo vio, dice, da testimonio. Y su testimonio es verdadero y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 36). ¿A qué decirnos esto con tanto énfasis, si sólo se tratara de la secreción acuosa de una herida? Estamos pisando, como Moisés en el Sinaí, una zona de misterio. Sigamos por ella, aunque volando a menor altura. Permanece todavía, alzada e izada en la cima del Calvario, la cruz del escarnio y la victoria, con el INRI hecho grabar en su cabecera por Poncio Pilato, proclamando, a contrapelo del Sanedrín, el señorío mesiánico y universal del Nazareno crucificado. Reconstruyo en mi interior su estampa más sublime: abiertos los brazos e inclinada la frente, en gesto de acogida sobre el mundo. Amoroso el semblante en expresión sagrada y silenciosa, según quedó plasmado en la pintura y la escultura del Cristo de Velázquez o el de la Buena Muerte, de los estudiantes sevillanos.
No hubo tiempo, empero, ni siquiera entonces, para una callada meditación. Avanzaba la tarde del viernes y había que retirar los cuerpos de los ajusticiados en las breves horas que faltaban para el descanso sabático. Sobreponiéndose al trauma y al desconcierto, entran en juego, rápidos y bien conjuntados, los mejores amigos de Jesús.

El primero, José de Arimatea, un noble senador, discípulo suyo, que esperaba el Reino de Dios. De él dice San Marcos que se dirigió resueltamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús; que Pilato mostró su extrañeza de que hubiera muerto tan pronto y se aseguró de ello llamando al Centurión (cautelas del Derecho romano); y que, al fin, le concedió el cadáver a José de Arimatea.

El entierro de Cristo
Fue, pues, añade Marcos, “y quitó el cadáver”. Esto suponía desclavarlo, bajarlo de la cruz y llevarlo al sepulcro. Vamos por pasos. Hablemos del Descendimiento, escena contemplada, con infinito amor, por la devoción, la pintura y la escultura cristiana. Junto a José de Arimatea acudió otro voluntario, también dispuesto a todo, el viejo amigo de Jesús, el letrado Nicodemo. Eran dos hombres hechos y derechos, con madurez para tomar decisiones, fieles a Jesús hasta la médula. Eran lo que hoy llamamos dos laicos creyentes, cabales y comprometidos. Junto a ellos estaba ¿quién lo va a dudar? Juan evangelista, discípulo amado, testigo directo de la muerte de Jesús. Muchacho muy ágil y en plena juventud, como lo muestra la carrera de la mañana de Resurrección, con Pedro jadeante a sus espaldas.

Nos consta, igualmente, por los Evangelios sinópticos, que las “Tres Marías”, que le habían acompañado desde Galilea, permanecieron hasta el final en el Calvario y siguieron de cerca a los personajes masculinos mientras colocaban a Jesús en el sepulcro, de lo que hablaremos enseguida. Estuvieron, pues, ellas presentes con toda evidencia junto al Señor, ya muerto, cuando fue bajado de la cruz.

¿Y María, su madre? Si ella estaba junto al madero y de éste lo bajaron, no hay que suponer lo evidente para afirmar que Cristo muerto fue depositado, con patética ternura, en los brazos y en el seno bendito de su madre, sin más comentario que un silencio sagrado, aunque no olvido los estremecedores comentarios de nuestros clásicos asombrosos, Fray Luis de Granada y el P. Luis de la Palma. Estamos en la cima icónica y plástica de la devoción, a un tiempo cristocéntrica y mariana, que se plasma en la Pieta de Miguel Angel y una entre mil barrocas y españolas- la Virgen de las Angustias de mi Granada nativa, cuya medalla llevo al cuello (¡perdón!). María su madre aparece también en ciertos cuadros primitivos en el momento del sepelio. Los evangelios guardan silencio, pienso que respetuoso.

Silencio ante el sepulcro
Ante la inminencia del sábado, hubo que buscar con prisa un sepulcro en las inmediaciones del Calvario. Arimatea dio con él en un pequeño huerto (la Magdalena buscaría allí al hortelano), en la base misma del montículo. Dentro estaba excavado en la roca un sepulcro sin estrenar. El sanedrita se hizo con él de inmediato, probablemente a título provisional (¡y tan provisional!) mientras pasaba el Parascebe, o víspera del sábado, como advierte San Juan Evangelista. Previamente había comprado él una sábana nueva, en tanto que Nicodemo trajo consigo cien libras de una mezcla de mirra y áloe. “Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, como es costumbre sepultar a los judíos” (Jn 19, 40).

Jesús, en su vida pública, había presagiado esta escena ante la mujer que derramó en sus pies un frasco de alabastro “de puro nardo, de mucho precio”. “No la molestéis, dijo, esta mujer se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura” (Mt 12, 40). Y en otro tono, en un momento álgido de su vida pública, les había dicho a los fariseos: “Así como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 40). En este texto, de compleja interpretación en otros aspectos que no son del caso, lo que subraya Jesús con enorme fuerza es su bajada de tres días “a las entrañas de la tierra” ¿No es éste un subrayado enorme a su condición humana, a su “hombreidad” como diría Laín? Esto, pienso, encierra tantos mensajes como la llaga del costado.

El sepulcro, en su pétreo mutismo, ¡expresa tantas cosas! En él se depositan tan sólo los despojos mortales de un ser humano. Para muchos el cementerio tiene la palabra definitiva. Eso querían los poderes judíos tras la muerte de Jesús. Por ello consiguieron de Pilato que se sellara el sepulcro y se mantuviera junto a él un turno de guardia durante tres días (cf Mt 27, 62-66). Mirando a la Historia y al presente, acuden a la mente tantos recuerdos cristianos, que van desde la sábana santa hasta el sepulcro material, vacío tras la resurrección, imán de veneración de todas las generaciones cristianas, que evocan un mundo inquietante de cruzados de antaño, la pluralidad de custodios del santísimo lugar, y la connivencia difícil entre cristianos católicos, ortodoxos y reformados. ¿Y qué decir de la situación actual del santo sepulcro y todos los lugares santos, como escenario de una guerra fratricida entre los hijos de Abraham durante casi sesenta años? Cristo sigue enterrado en el sepulcro vacío.

Salvador del género humano
En la misma línea de fe con que profesamos en el Credo apostólico la muerte y el sepelio de Jesús, lo hacemos también con su misteriosa “bajada a los infiernos”, que realiza Jesús entre su muerte y su resurrección, mientras yace en el sepulcro su cuerpo santo. Diversos textos del Nuevo Testamento dan cuenta de este descendimiento, digamos que del alma y la divinidad de Cristo, al lugar de los muertos. La palabra infiernos, de la misma raíz que inferior, significa, en la cosmovisión judía, el valle profundo Sheol o Hades- donde sus espíritus estaban a la espera del Salvador de la Humanidad. Adán, Eva, los antiguos patriarcas, reyes, profetas y pueblo de Israel. Y, ¿qué sabemos de la humanidad precristiana? serían objeto de esta visita transcendental. Cristo, al morir en la cruz, “atrajo así a todo el universo” (Jn 12, 32). Por eso, de este descendimiento, del que lo ignoramos casi todo, lo que se desprende es que la sangre y la gracia de Cristo extienden su sombra salvífica a todo el género humano.

Con Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, fueron sepultados, con aparente fracaso y frustración, todos los inocentes, todos los perdedores de la historia. Sólo la fuerza de su Resurrección pudo remover la piedra de su sepulcro y de todas las tumbas (incluidas las piras y los hornos crematorios) de la doliente familia humana. Su Resurrección gloriosa y para siempre no sólo viene exigida por su condición divina, sino reclamada a gritos y aplausos por un imperativo categórico de la justicia final y del triunfo del bien, que abra paso a la nueva humanidad.

SABADO SANTO: ¿POR QUÉ NOS MANTENEMOS EN VELA?
Con su resurrección, nuestro Señor Jesucristo convirtió en glorioso el día que su muerte había hecho luctuoso. Por eso, trayendo a la memoria ambos momentos, permanezcamos en vela recordando su muerte y alegrémonos acogiendo su resurrección. Ésta es nuestra fiesta y nuestra pascua anual; no ya en figura como lo fue para el pueblo antiguo la muerte del cordero, sino hecha realidad como a pueblo nuevo, por la víctima que fue el Salvador, pues ha sido inmolado Cristo nuestra Pascua y lo antiguo ha pasado, y he aquí que todo ha sido renovado. Texto: San Agustín
Lloramos porque nos oprime el peso de nuestros pecados y nos alegramos porque nos ha justificado su gracia, pues fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Tanto llorando lo primero como gozándonos en lo segundo, estamos llenos de alegría. No dejamos que pase inadvertido con olvido ingrato, sino que celebramos con agradecido recuerdo lo que por nuestra causa y en beneficio nuestro tuvo lugar: tanto el acontecimiento triste como el anticipo gozoso. Permanezcamos en vela, pues, amadísimos, puesto que la sepultura de Cristo se prolongó hasta esta noche, para que en esta misma noche tuviera lugar la resurrección de la carne que entonces fue objeto de burlas en el mundo y ahora es adorada en cielo y tierra. Esta noche, en efecto, corresponde, como es sabido, al día siguiente, que consideramos como día del Señor. Ciertamente debía resucitar en las horas de la noche, porque con su resurrección iluminó también nuestras tinieblas. No en vano se le había cantado con tanta antelación: Tú iluminarás mi lámpara, Señor, Dios mío, tú iluminarás mis tinieblas.

Nuestra devoción hace honor a tan gran misterio, para que como nuestra fe, corroborada por su resurrección, está ya despierta, así también esta noche, iluminada por nuestra vigilia, destaque por su resplandor para que podamos pensar, con dignidad, junto con la Iglesia extendida por todo el orbe de la tierra, en no ser hallados en la noche. Para tantos y tantos pueblos que bajo el nombre de Cristo congrega por doquier esta célebre solemnidad, se puso el sol, pero sin dejar de ser día, pues la luz de la tierra tomó el relevo de la luz del cielo. No obstante, si alguien busca el porqué de la importancia de esta nuestra vigilia, puede hallar las causas adecuadas y responder confiadamente: el mismo que nos otorgó la gloria de su nombre, el mismo que ilumina esta noche y a quien decimos Tú iluminarás mis tinieblas, concede la luz a nuestros corazones, para que del mismo modo que vemos, con deleite para los ojos, el esplendor de esta luz, así veamos también, iluminada la mente, el motivo del resplandor de esta noche.

¿Por qué, pues, se mantienen en vela los cristianos en esta fiesta anual? Ésta es nuestra vigilia por excelencia, y nuestro pensamiento no suele volar a ninguna otra solemnidad distinta de ésta cuando, movidos por el deseo, preguntamos o decimos «¿Cuándo será la vigilia?» «Dentro de tantos días», se responde; como si, en comparación de ella, las demás no fueran vigilias. El Apóstol exhortó a la Iglesia a ser asidua no sólo en los ayunos; sino también en las vigilias. Hablando de sí mismo dice: con frecuencia en ayunos, con frecuencia en vigilias. Pero la vigilia de esta noche destaca tanto que puede reivindicar como propio el nombre que es común a todas las demás. Así, pues, diré algo, lo que el Señor me conceda, primero sobre la vigilia en general y luego sobre la particular de hoy. En aquella vida, por la consecución de cuyo descanso todos trabajamos, vida que nos promete la Verdad para después de la muerte de este cuerpo o también para el final de este mundo, en la resurrección, nunca hemos de dormir, como tampoco nunca moriremos. ¿Qué es el sueño, sino una muerte cotidiana que ni del todo saca al hombre de aquí ni le retiene por largo tiempo? ¿Y qué es la muerte, sino un sueño largo y muy profundo, del que despierta Dios? Por tanto, donde no llega muerte ninguna, tampoco llega el sueño, su imagen. Sólo los mortales experimentan el sueño. No es de este tipo el descanso de los ángeles; ellos, dado que viven perpetuamente, nunca reparan su salud con el sueño. Como allí está la vida misma, allí existe la vigilia sin fin. Allí la vida no es otra cosa que el estar en vela, y estar en vela no es otra cosa que vivir.

Nosotros, en cambio, mientras estamos en este cuerpo que se corrompe y apega al alma, puesto que no podemos vivir, si no reparamos nuestras fuerzas con el sueño, interrumpimos la vida con la imagen de la muerte para poder vivir, al menos, a intervalos. Por tanto, quien asiste asiduamente a las vigilias con corazón casto y puro, sin duda alguna practica la vida de los ángeles -en la medida en que la debilidad de esta carne está sujeta al peso terreno, los deseos celestiales se encuentran ahogados-, ejercitando la carne mediante una vigilia más larga, contra la mole causante de la muerte para adquirirle méritos para la vida eterna. No está de acuerdo consigo mismo quien desea vivir por siempre y no quiere aumentar sus vigilias; quiere que desaparezca totalmente la muerte, y no quiere que disminuya su imagen. Ésta es la causa, éste el motivo por el que el cristiano tiene que ejercitar su mente en las vigilias con mayor frecuencia. Ahora ya, hermanos, mientras recordamos otras pocas cosas, poned vuestra atención en la vigilia especial de esta noche. He dicho por qué debemos restar tiempo al sueño y añadirlo a las vigilias con mayor frecuencia; ahora voy a explicar por qué permanecemos esta noche en vela con tanta solemnidad.

Ningún cristiano duda de que Cristo el Señor resucitó de entre los muertos al tercer día. El santo evangelio atestigua que el acontecimiento tuvo lugar esta noche. No hay duda de que los días comienzan a contarse desde la noche precedente, aunque no se ajuste al orden mencionado en el Génesis, no obstante que también allí las tinieblas han precedido al día, pues las tinieblas se cernían sobre el abismo cuando dijo Dios: «Hágase la luz y la luz fue hecha». Pero como aquellas tinieblas aún no eran la noche, tampoco habla de días. En efecto, hizo Dios la división entre la luz y las tinieblas, y primeramente llamó día a la luz, y luego noche a las tinieblas, y fue mencionado como un solo día el espacio desde que se hizo la luz hasta la mañana siguiente. Está claro que aquellos días comenzaron con la luz, y, pasada la noche, duraban cada uno hasta la mañana siguiente. Poco después que el hombre creado por la luz de la justicia cayó en las tinieblas del pecado, de las que lo libertó la gracia de Cristo, ha acontecido que contamos los días a partir de las noches, porque nuestro esfuerzo no se dirige a pasar de la luz a las tinieblas, sino de las tinieblas a la luz, cosa que esperamos conseguir con la ayuda del Señor: La noche ha pasado, se ha acercado el día, despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz.

Por tanto, el día de la pasión del Señor, día en que fue crucificado, seguía a la propia noche ya pasada, y por eso se cerró y concluyó en la preparación de la pascua, que los judíos llaman también «cena pura», y la observancia del sábado comenzaba al inicio de esta noche. En consecuencia, el sábado que comenzó con su propia noche concluyó en la tarde de la noche siguiente, que es ya el comienzo del día del Señor, porque el Señor lo hizo sagrado con la gloria de su resurrección. Así, pues, en esta solemnidad celebramos ahora el recuerdo de aquella noche que daba comienzo al día del Señor y pasamos en vela la noche en que el Señor resucitó. La vida de que poco antes hablaba, en la que no habrá ni muerte, ni sueño, la incoó él para nosotros en su carne, que resucitó de entre los muertos, de forma tal que ya no muere ni la muerte tiene dominio sobre ella.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN: LA PASCUA Y LA PROCESIÓN DEL ENCUENTRO EN NAVARRA
Nos disponemos a celebrar la Pascua de Resurrección, eje vertebrador y máxima solemnidad de todo el año litúrgico. Esa centralidad de la Pascua es resaltada en muchos lugares por la tradicional procesión del Encuentro, extendida por toda la Iglesia. También en Navarra se celebra dicha procesión al final de la Vigilia Pascual o de la Eucaristía solemne del Domingo de Pascua, resaltando de este modo el valor primario de la resurrección de Cristo. Como botón de muestra, veamos dicha celebración en las dos catedrales del viejo Reino. Texto: Santiago Cañardo, Vicario de Fe y Cultura.
En la Catedral de Pamplona, la Vigilia Pascual concluye, desde hace siglos, con este rito, en el que el Santísimo -”Nuestro Amo”, en la denominación popular- es expuesto y adorado en la custodia, portada en una solemne procesión, a la que acude la imagen de su Madre, Santa María la Real, ante la que eran coronados en la Edad Media los reyes de Navarra. La Virgen desciende de su trono real, situado en el centro del baldaquino del altar mayor, con la carga simbólica que ello representa, para ir al encuentro de su Hijo resucitado, y así adorarle como a su Señor, mediante tres genuflexiones o inclinaciones realizadas por los portadores de las andas marianas; mientras tanto, la Capilla de Música de la Catedral entona el himno eucarístico del Sacris solemnes, con música de una composición anónima del siglo XVIII, procedente del propio archivo musical catedralicio. Todo ello representa un maravilloso ejemplo del culto al Señor resucitado, realmente presente en la Eucaristía.

En Tudela el gozo de la resurrección se convierte en una verdadera fiesta para los sentidos, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. El encuentro de María con Cristo Sacramentado, que se desarrolla en plena plaza de los Fueros, conserva aun hoy en día las características propias de la fiesta barroca: la exaltación del “gaudium”, el placer de celebrar y el gozo de sentir, sonidos de campanas, músicas -en particular la reciente composición (del año 1979) del músico navarro Fernando Remacha (1898-1984), titulada “La bajada del ángel”- y cohetes, junto al clamor de las gentes que se regocijan al escuchar el Aleluya y contemplar el acto del ángel al descubrir el rostro enlutado de María. En este caso, la eucaristía viene después de la denominada “Bajada del Ángel”, con una misa solemne que se celebra en el altar mayor de la seo tudelana.

Estas dos expresiones de la piedad popular navarra, han contribuido a que muchas generaciones de cristianos percibieran la centralidad de la Pascua. Por eso, ahora que deseamos emprender nuevas vías de evangelización e incorporar a las futuras generaciones a la vida litúrgica de la Iglesia, necesitamos que la piedad popular ocupe un lugar preponderante en dicha tarea evangelizadora. La religiosidad popular, tan rica en nuestra tierra Navarra, constituye un verdadero tesoro del pueblo de Dios, que ha sabido insertar a lo largo de los siglos y de una forma armónica, el mensaje cristiano en la cultura de nuestro pueblo, para así transmitirla de padres a hijos, generación tras generación.

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