Hallel-u-Yahvéh
Por Alfredo López Vallejos • 13 abr, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada
Recuperamos el aleluya, esta expresión de gozo y alabanza, interrumpida a lo largo de toda la Cuaresma, tan llena de contenido simbólico y que ha dado origen a tantas e inspiradas composiciones musicales a lo largo de todos los tiempos, no sólo en los más contemporáneos de la polifonía clásica sino desde los tiempos de David, rey de Israel en el siglo décimo antes de Cristo.
Aleluya (`bendecid, alabad al Señor´), abreviatura del título de esta colaboración. Una exhortación hebrea muy frecuente en la Biblia, invitando a hacer de la plegaria un reconocimiento por todo lo que Dios ha hecho a favor de su pueblo, Israel, y de cada uno de sus hijos, de generación en generación.
Las 150 composiciones del libro de los Salmos admiten muchas clasificaciones, posiblemente la más importante es la que los ordena como himnos, plegarias individuales o colectivas y acciones de gracias; la más tradicional es la que habla del “gran hallel”, con que se conoce el salmo 136; el “pequeño hallel”, que comprende los salmos del 113 al 116, y el “tercer hallel”, del que forman parte los últimos salmos (146-150). Todos ellos tienen una especial relevancia en la liturgia pascual judía.
Recuperamos en nuestra Pascua cristiana esta expresión tan simbólica, significativa y expresiva. Cantar el hallel significa celebrar al Señor con acción de gracias. En el libro de los Salmos aparece 120 veces la expresión ¡Aleluya!, alabanza dirigida fundamentalmente a Dios. Él merece ser alabado porque es Dios: “Oh Dios, tú mereces un himno en Sión” (Sal 65,2). Todo el salterio es como un movimiento ascendente que conduce a la alabanza, la oración preferida del pueblo elegido: “Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mi boca” (Sal 34,2); “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 98,1). “Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre” (Sal 145,2); “Alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista” (Sal 146,2).
La alabanza del aleluya en la liturgia pascual bien pudiera reflejar también nuestro estilo de vida, nuestro modo de ser cristianos. Una alabanza iniciada con Cristo resucitado en el presente de nuestra existencia, como anticipo de la alabanza eterna en el Reino, según anuncia proféticamente el Apocalipsis: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la gloria, el honor, la alabanza, el poder, por los siglos de los siglos” (5, 13). o
