IV Domingo de Pascua
Por Juan Apecechea • 13 abr, 2010 • Sección: A la luz del EvangelioEl debate sobre la identidad personal de Jesús fue constante entre las gentes de su tiempo. Fue para muchos el motivo central de su fe o de su falta de fe. ¿Quién es realmente Jesús? Éste ha sido y sigue siendo también hoy día el tema central de muchas controversias teológicas y el eje de muchas posturas personales a favor o en contra. Es un asunto vital del que depende nuestra fe, la calidad de la misma y nuestra adhesión a Cristo.
Es también el tema del breve texto evangélico de hoy. Su contexto histórico es de suma tensión. En tono conminatorio sus adversarios piden a Jesús, que se defina de una vez diciendo si es o no es el Mesías esperado. Jesús les dice que se lo ha dado ya a entender con claridad de palabra y de obra, pero que ellos no le han creído (Jn 10, 24-26).
En el fragor de la disputa, la vida misma de Jesús está en peligro. Consciente de ello, muestra así su señorío y su libertad: “Nadie tiene poder para quitarme la vida; soy yo quien la doy por mi propia voluntad” (Jn 10, 18). Es en este contexto cuando Jesús hace una doble declaración fundamental sobre su identidad. Dice que Dios Padre y él son uno y que él da la vida eterna a los que le siguen (Jn 10, 27-29). La reacción fue atroz. Tomaron piedras para arrojárselas como a un blasfemo (Jn 10, 31).
“Mis ovejas me siguen”
El Evangelio de hoy, además de revelarnos la identidad y actitud de Jesús, nos ofrece una especie de estatuto fundamental sobre la relación entre él y los suyos. Sirve básicamente para los cristianos de todos los tiempos.
El primer principio es que todo cristiano está llamado a escuchar la voz de Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz”. Uno no es cristiano por sí mismo o desde sí mismo, sino desde el momento en que se abre a la palabra de Jesús. Pero en una civilización tan paganizada como la nuestra ¿es posible todavía escuchar su palabra? ¿Qué condiciones se requieren para ello?
El segundo principio, consecuencia del primero, es seguir decididamente a Jesús. No menos de setenta veces aparece el término “seguir” en los evangelios en relación con Jesús. ¿Y qué implica ese seguimiento? Exige ponerse enteramente al servicio de la persona y de la causa de Jesús y estar dispuesto a correr la misma suerte que él (Jn 12, 26).

