Los mandamientos de la Iglesia

Por Félix García de Eulate • 13 abr, 2010 • Sección: Con ojos de catequista

Una catequista sustituta, preguntaba a otras compañeras: ¿Los niños de primera comunión se tienen que aprender de memoria también los mandamientos de la Iglesia? No sabía que el párroco había dicho que todos los días, al iniciar la catequesis, había que dedicar unos momentos a aprender y practicar las acciones más básicas del cristiano: santiguarse, rezar las principales oraciones, recitar el credo, los mandamientos de la ley de Dios y los de la Iglesia, los sacramentos, el acto de contrición, las obras de misericordia, las bienaventuranzas…

Su pregunta tenía motivos. En su libro no aparecía la lista de los mandamientos de la Iglesia. Cuando se los preguntó a su grupo de niños no tenían ni idea. Algo no encajaba. Entonces le dijeron sus compañeras que la lista de los mandamientos estaba bien recogida en el nuevo Catecismo de la Conferencia Episcopal, Jesús es el Señor, y que los repasaban todos los días. Ella tenía la idea de que eso ya no se aprendía.

La Iglesia, para facilitarnos el cumplimiento de la ley de Dios, ha querido explicitar en cinco mandamientos cómo y cuando los podemos cumplir. El catecismo de la Iglesia católica los sitúa en el capítulo: La vida en Cristo. Quiere “garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo” (2041)

La catequista sustituta no estaba del todo conforme y afirmaba que la Iglesia no hacía más que dar un montón de normas. Habría que dejar que cada uno por iniciativa e interpretación personal decidiese qué hacer y cómo hacer. Pronto entró en cordura cuando le explicaron que el cristiano cumple los mandamientos por amor, con sinceridad y buena voluntad y sigue las pautas de la Iglesia, no sólo en esos cinco “mínimos indispensables”, sino en todas las disposiciones que aparecen en el Código de Derecho Canónico.

La Iglesia necesita unas normas sabias para su funcionamiento basándose en la suprema ley de la caridad. El Código no quiere “en modo alguno sustituir en la vida de la Iglesia y de los fieles la fe, la gracia, los carismas y sobre todo la caridad. Por el contrario, el Código mira más bien a crear en la sociedad eclesial un orden tal que, asignando la parte principal al amor, a la gracia y a los carismas, haga a la vez más fácil el crecimiento ordenado de los mismos en la vida tanto de la sociedad eclesial como también de cada una de las personas que pertenecen a ella” (Const. Apostólica: Las leyes de la sagrada disciplina. Juan Pablo II, 1983). o

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