Dios deseado y deseante
Por Santiago Arellano • 24 abr, 2010 • Sección: Escuela de padres
Cuando el 28 de junio de 2009, ABC publicó la noticia y “los tambores lejanos” nos la hicieron conocer, los que habíamos seguido la creación poética de Juan Ramón Jiménez, no nos lo podíamos creer. No se derrumbaba el arco de su exigente creación poética, sino que aparecía la dovela que daba consistencia al arco. Toda su poesía por fin encontraba sentido y no se quedaba en, asombrosos sí, pero, ante la encrucijada definitiva de la muerte, en simples geniales devaneos por no llamarlos sutiles quebraderos de cabeza. No agradeceremos suficientemente el hallazgo realizado por los investigadores y estudiosos de Juan Ramón, Rocío Bejarano y Joaquín Llansó.
Aquella inteligencia que buscaba el nombre exacto de las cosas, aquella ansia de Eternidad, aquella Belleza deseada y deseante, aquellos dioses con minúscula tan ardientemente buscados para encontrar la respuesta a su angustia obsesiva ante la muerte, por fin se le había hecho encontradiza, como al otro Juan, para quien las criaturas eran solo imágenes y mensajeros, y necesitaba ardientemente ver los ojos deseados, reflejados en el agua de la fuente, para levantar en rapto de alma su vuelo apasionado.
Este poema bellísimo en factura y contenido, rescata a Juan Ramón del inmanentismo panteísta en que siempre confesó situarse. No otra cosa declaró en su poemario “Animal de fondo” y así lo clasificamos. Bellísimos eran sus poemas compuestos en esta segunda etapa, alejada ya del modernismo, de la poesía sensitiva, no menos bella e inmensamente más asequible al lector popular. El poema encontrado da una nueva luz a su poesía, transforma toda su creación poética en un camino exigente como el de las vías ascéticas, (la perfección en arte es ley suprema de moralidad) pero también en las iluminativas de la experiencia mística. Sinceramente creo que se queda a las puertas del encuentro unitivo con Dios.
Os he de confesar que a veces me venían dudas sobre si Juan Ramón en verdad se creía las sutilezas que sobre la muerte llegó a elucubrar. ¿Era suficiente para dejarle tranquilo el corazón la intuición poética plasmada en el poema? ¿Nos encontramos ante los frutos de una inteligencia que considera que sólo existe el pensar como soporte de la realidad, como en los idealismos filosóficos para quienes sólo existe lo pensado, frente a lo afirmado por el sentido común? Si no existe la otra vida, el poema que cito a continuación es un consuelo de muchos. Pero si uno cree en la vida eterna, todo el poema se carga del esplendor de la verdad. La muerte se convierte en el comienzo de la otra parte de la vida terrena; no se trata del horror, sino de su complemento.
Yo no seré yo, muerte, / hasta que tú te unas con mi vida / y me completes así todo; / hasta que mi mitad de luz se cierre / con mi mitad de sombra / y sea yo equilibrio eterno / en la mente del mundo: / unas veces, mi medio yo, radiante; / otras, mi otro medio yo, en olvido. / Yo no seré yo, muerte, / hasta que tú, en tu turno, vistas / de huesos pálidos mi alma.
El poema descubierto, que pudo ser escrito entre 1954-5, debía haber sido incluido en la edición póstuma de 1964. No sabemos por qué no se hizo. Desde luego no por voluntad expresa del poeta que había muerto en 1958. Toda la primera parte del poema inédito es una explicación lírica del libro “Animal de Fondo”, del mismo “Dios deseado y deseante” y de toda su obra anterior. Principalmente la que comenzó en 1916.
¡Qué comienzo más iluminador!: / “Partimos de Dios / en busca de Dios, / sin saber qué buscamos.”
¿No es éste el resumen de la vida de la mayoría de los hombres y mujeres del mundo moderno y contemporáneo? ¿No resuenan en sus palabras el machadiano “buscando a Dios entre la niebla”? El primer verso no puede ser más certero y rotundo. Nuestro origen parte de Dios. Sin Él, qué confuso se nos hace el existir. Lo asombroso es que lo podemos estar haciendo a ciegas, sin saber que nuestros afanes cotidianos ocultan el misterio de Dios.
El poema siguiente nos deja en evidencia esta poesía de la búsqueda. Máxima honestidad reflejada en el espejo de la conciencia. Camino o itinerario que tantas veces le llevó a la inmanencia, pero que coincide con San Juan de la Cruz en el canto de la maravilla de las criaturas. Nostalgia del Dios personal, de ese Dios que aprendimos cuando niños.
“Conciencia plena” / Tú me llevas, conciencia plena, deseante dios, / por todo el mundo. / En este mar tercero, / casi oigo tu voz; / tu voz del viento / ocupante total del movimiento; / de los colores, de las luces / eternos y marinos. / Tu voz de fuego blanco / en la totalidad del agua, el barco, el cielo, / lineando las rutas con delicia, / grabándome con fúljido mi órbita segura / de cuerpo negro / con el diamante lúcido en su dentro. * (Animal de fondo, 1949)
De pronto un Dios personal se le evidencia al poeta. No un dios con minúscula sino un Dios, Dios, Dios “que al cabo de todos los cabos, que al borde de todos los bordes un día encontramos”. Por fin no los mensajeros de Dios en la belleza de toda la creación, (pleamar y pleacielo) sino Dios en persona. La puerta se abre. ¿Qué puerta obsesionaba a Juan Ramón? La puerta solo puede ser la de la muerte. Pero encontrado a Dios, la puerta se transforma en libertad.
“Cada vez más suelto, y más desasido; / cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más! / a una libertad de puertas de Dios. / Y entonces la puerta se abre… y ¡más libertad!”
Pocas veces había utilizado en su obra el término “alma”. Por eso es tan emocionante escucharlo en el poema. No son los sentidos los que perciben que Dios está ahí. Ya no es el “Dios está azul”, juvenil. Es el Dios que se manifiesta al ser más íntimo. Para Juan Ramón vida y poesía eran lo mismo. El final es apoteósico: inminencia de alma, inminencia de amor, inminencia de Dios en lo más íntimo del ser humano. La poesía de Juan Ramón exige una lectura diferente desde el hallazgo del 2009.
Partimos de Dios / en busca de Dios, / sin saber qué buscamos.
El dios con minúscula, / el dios bajo cielo, / el cielo que es mar, / sobre aire que es cielo, / ¡entre aire y marcielo, / y que es pleamar, y que es pleacielo!
El dios deseante, / el dios deseado, / -¡el dios deseado y deseante!- / me trae este Dios, / un dios Dios tan DIOS, / ¡un dios: DIOS DIOS DIOS! / … que al cabo de todos los cabos, / que al borde de todos los bordes / un día encontramos.
Cada vez más suelto, y más desasido; / cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más! / a una libertad de puertas de Dios. / Y entonces la puerta se abre… y ¡más libertad!
Estoy pasando la cuerda, / cuerda que Tú me has tendido, / Dios mío, mi dios, ¡Dios mío! / ¡Dios mío, no soples, Dios!
Siento la inminencia del dios Dios, / del Dios con mayúscula, / -el que nos enseñaron cuando niños y no aprendimos-. / ¡Dios se me cierne en apretura de aire!
¡Se me está viniendo Dios / en inminencia de alma! / ¡Se me está acercando Dios / en inminencia de amor! / ¡Se me está llegando Dios / en inminencia de Dios!
Juan Ramón Jiménez
