Los pequeños detalles de cada día

Por Robert Kimball • 24 abr, 2010 • Sección: Evangelizar en y desde la familia

A todo el mundo, prácticamente sin excepciones, nos gusta un regalo en una fecha señalada: un cumpleaños, un aniversario de bodas, etc. Los detalles de este tipo son muy valorados por la gente que los recibe y dejan gratos recuerdos que perduran toda la vida. Agradecemos mucho el hecho de que alguien se haya acordado de nosotros y que se haya molestado en comprarnos un regalo. Esta noble costumbre de tener detalles con nuestros parientes y amigos me sugiere la necesidad de que en la vida cristiana tengamos detalles, aunque sean pequeños, con nuestro prójimo.

El mandamiento del amor de Jesús nos impulsa a servir a los demás en el más amplio sentido de la palabra: perdonando y ayudando a nuestro prójimo en los momentos más difíciles de la vida. Yo añadiría otro deber que es consecuencia del amor cristiano: teniendo una gran sensibilidad hacia las necesidades de los demás, interesándonos por sus problemas y ofreciéndoles nuestra ayuda aún cuando no nos lo han pedido explícitamente.

Da mucha pena pensar en la enorme cantidad de personas cuyas vidas podríamos alegrar de alguna forma aunque fuera por un rato si tuviéramos la sensibilidad de interesarnos por sus problemas y tener un pequeño detalle con ellos. Si viéramos a una persona desamparada y averiguáramos sus gustos, ¡qué acto de amor más grande sería dejar por un momento nuestra comodidad y darle a esa persona la alegría de sentirse valorada complaciéndole con algún detalle (una palabra de aliento, un pequeño regalo, parte de nuestro tiempo)! En un mundo dominado por el egoísmo, los cristianos podríamos dar un testimonio realmente eficaz de amor al prójimo.

Los cristianos debemos construir nuestra vida sobre los pequeños detalles de amor. Sería muy recomendable que los padres educáramos a nuestros hijos a ser sensibles a las necesidades de los demás. En este sentido no nos vendría mal tanto a los padres como a los hijos que hiciéramos un examen de conciencia diaria sobre los pequeños detalles que hayamos tenido con los demás a lo largo de la jornada. Y si por cualquier motivo no los hemos tenido, ello debe servirnos de estímulo para redoblar nuestros esfuerzos por ayudar a los demás en las jornadas siguientes. La práctica continua de tener pequeños detalles con los demás nos permitiría acercarnos más a nuestros prójimos, compartiendo con ellos “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5,5). o

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