El sacramento de la mejor y de la nueva humanidad

Por La Verdad • 28 abr, 2010 • Sección: Portada

Este domingo se celebra la jornada por las vocaciones nativas, con el lema “Al servicio de la reconciliación”, organizada por la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol. Esta institución tiene por objeto contribuir al crecimiento del clero local en los países de misión y ayudar a la formación de los sacerdotes y de las religiosas y religiosos, de forma que ninguna vocación se pierda por falta de medios materiales. TEXTO: Jesús de las Heras.
Africa es el nuevo continente de la esperanza. África es el continente con un mayor crecimiento de población católica durante las últimas décadas. Los católicos en África constituyen el 17% de la población, el mismo porcentaje que de católicos hay en todo el mundo. Pero es más: al ritmo del incremento actual de la población católica en África, en veinticinco años habrá superado a la población católica de Europa, que, con su invierno demográfico y su galopante secularización, ofrece ya registros negativos y desalentadores en su crecimiento.

Quizás por ello las Obras Misionales Pontificias en España dedican este año especial atención a África. Así aconteció con la Jornada de la Infancia Misionera: “Con los niños de África… encontramos a Jesús”, rezó su lema. Ahora, África vuelve a adquirir un importante papel con la Jornada de las Vocaciones Nativas, que este año coincide además con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, una coincidencia bien oportuna y providente.

Este “signo” de África del año 2010 para las OMP es, a su vez, eco del signo -gracia e interpelación- de África que supuso para el Papa Benedicto XVI el año 2009, con su visita apostólica, en marzo, a Camerún y Angola, y la celebración, en octubre, en el Vaticano, de la II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. En su tradicional discurso prenavideño y de final de año, el Santo Padre, al hacer memoria y proyección del año eclesial vivido, afirmó: “Para la Iglesia y para mí personalmente, el año que está terminando ha estado en gran parte bajo el signo de África”.

Los tres signos de África
Pero ¿en qué consiste el signo de África? ¿Cuál es su interpelación? El signo de África es, en primer lugar, su condición emergente y cuajada de esperanza a través de los datos estadísticos antes mencionados. Este primer signo de África se fundamenta asimismo y se expresa en su casi connatural alegría festiva, cálida acogida, afecto cordial, sentido y vivencia de la sacralidad, predisposición religiosa. Y así, de este modo, África, mediante este primer y esperanzador signo, es “terreno fértil para numerosas vocaciones”, como podemos leer en el número 21 del Mensaje final de los obispos participantes en el II Sínodo para África. El continente negro despierta y se convierte en “un inmenso pulmón espiritual para la humanidad, que sufre una profunda crisis de fe y de esperanza”, tal y como señalaba Benedicto XVI en la homilía de apertura del Sínodo (3-10-2009).

Pero África es un pulmón que puede enfermar porque, en palabras del Papa, “dos peligrosas patologías lo están infectando: por un lado, la enfermedad más difundida en el mundo occidental, es decir, el materialismo práctico, combinado con el pensamiento relativista y nihilista”. “Un segundo virus que podría golpear a África es el fundamentalismo religioso, mezclado con intereses políticos y económicos. Grupos de distintas creencias religiosas se están difundiendo en el continente africano; lo hacen en nombre de Dios, pero siguiendo una lógica opuesta a la divina, es decir, enseñando y practicando no el amor y el respeto por la libertad, sino intolerancia y violencia”. El segundo signo de África lo constituyen, pues, estas dos patologías, estos dos virus, inoculado el primero de ellos en Occidente.

El tercer signo de África -su gran desafío vertebrador o desvertebrador de todo lo demás- es la necesidad de una verdadera reconciliación, tema que constituyó el hilo conductor del pasado Sínodo de los Obispos y las reflexiones del Papa en su discurso de balance del pasado año eclesial. África necesita de reconciliación, de justicia y de paz -tema concreto del Sínodo-, necesita de verdadera solidaridad y no eslóganes políticamente correctos. Necesita erradicar la pobreza tan extrema con la que malviven millones de sus habitantes. Necesita formación constante e integral. Necesita dejar de ser expoliada, tanto en sus recursos naturales como en su identidad y libertad. Necesita de políticos honestos y de verdadera implicación y colaboración internacional. Necesita, sí, oportunidades. Y una de estas oportunidades le llegó a través del Sínodo. Y, de alguna manera, le llega ahora con la Jornada de las Vocaciones Nativas.

El signo y el servicio de la reconciliación

Con mirada cristiana, con corazón de pastor, el sacerdote, el seminarista, el vocacionado está llamado hoy y siempre -hoy, ante todo, en África- a servir la reconciliación, la verdadera reconciliación, que va mucho más allá de la reconciliación política. La reconciliación es premisa indispensable para la paz, para el progreso, para un mejor porvenir. Y el servicio concreto, preciso y precioso que ha de prestar la Iglesia a ello -a la reconciliación- es un servicio propio, específico, diferenciado, genuino. Es el servicio del perdón, del perdón ofrecido y recibido. Es el servicio del hacer cicatrizar las propias heridas y de salir -como nuevo buen samaritano, con el aceite y el vino de la salud (cf. Lc 10,25-36)- a curar las heridas de los hermanos caídos en el camino y en la espiral de la violencia y del rencor. Es el servicio del amor, que no lleva cuentas del mal y que perdona sin límites (cf. 1Co 13,1-9). Es el servicio del Evangelio. Sin caer, eso sí, en tentaciones meramente políticas ni elevadamente espiritualistas. Con voz propia, con acento propio. Con la voz del Evangelio, con el acento del amor cristiano.

“El Sínodo -subrayó el Papa en aquel discurso del pasado 21 de diciembre- trató de examinar profundamente el concepto de reconciliación como una tarea para la Iglesia de hoy, llamando la atención sobre sus distintas dimensiones. La llamada que San Pablo dirigió a los corintios posee hoy precisamente una nueva actualidad. “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (2Co 5,20). Si el hombre no se ha reconciliado con Dios, está en discordia también con la creación. No está reconciliado consigo mismo, quisiera ser otro distinto del que es, y por lo tanto tampoco estaría reconciliado con el prójimo. También forman parte de la reconciliación la capacidad de reconocer la culpa y de pedir perdón: a Dios y al otro. Y, por último, pertenece al proceso de reconciliación la disponibilidad a la penitencia, la disponibilidad a sufrir hasta el fondo por una culpa y a dejarse transformar. Y forma parte de ese proceso la gratuidad, de la que la encíclica Caritas in veritate habla repetidamente: la disponibilidad a ir más allá de lo necesario, a no pedir cuentas, sino a ir más allá de lo que exigen las simples condiciones jurídicas. Forma parte esa generosidad de la que Dios mismo nos dio ejemplo. Pensemos en las palabras de Jesús: “Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces ve y presenta tu ofrenda” (Mt 5,23s)”.

El “aún más” de la reconciliación cristiana
Leemos en el mencionado discurso de Benedicto XVI: “Dios, que sabía que no estamos reconciliados, que veía que tenemos algo contra Él, se levantó y salió a nuestro encuentro, aunque sólo Él tenía la razón de su parte. Nos salió al encuentro hasta la Cruz, para reconciliarnos. Esto es la gratuidad: la disponibilidad para dar el primer paso. Salir en primer lugar al encuentro del otro, ofrecerle la reconciliación, asumir el sufrimiento que implica la renuncia a tener razón. No ceder en la voluntad de reconciliación: de esto Dios nos dio el ejemplo, y esta es la manera de llegar a ser como Él, una actitud que necesitamos continuamente en el mundo. Hoy tenemos que aprender nuevamente la capacidad de reconocer la culpa, tenemos que sacudirnos de encima la ilusión de ser inocentes. Debemos aprender la capacidad de hacer penitencia, de dejarnos transformar; de salir al encuentro del otro y de hacernos dar por Dios el valor y la fuerza para una renovación así. En nuestro mundo de hoy, debemos redescubrir el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación. El hecho de que este haya desaparecido en gran medida de los hábitos existenciales de los cristianos es un síntoma de una pérdida de la verdad sobre nosotros mismos y sobre Dios, una pérdida que pone en peligro a nuestra humanidad y disminuye nuestra capacidad para la paz”.

Y concluye: “San Buenaventura opinaba que el sacramento de la Penitencia era un sacramento de la humanidad como tal, un sacramento que Dios había instituido, en su esencia, ya inmediatamente después del pecado original, con la penitencia impuesta a Adán, a pesar de que sólo pudo obtener su forma completa en Cristo, que es personalmente la fuerza reconciliadora de Dios y que tomó sobre sí nuestra penitencia”.

Nuevas criaturas en Cristo
Por ello, el II Sínodo de África, en sus propuestas al Santo Padre para la elaboración de la correspondiente exhortación apostólica postsinodal, al referirse a los seminaristas y a las vocaciones, en la proposición 40, pide que los sacerdotes y vocacionados estén libres de condicionamientos étnicos y culturales (cf. Rm 12) y sean, por el contrario, “nuevas criaturas en Cristo” (2 Co 5,17).

“La gracia de Dios -proposición 5- crea en nosotros un corazón nuevo y nos reconcilia con él y con los demás. Es esencial para la “reconciliación” el sacramento de la Reconciliación, que se debe celebrar según las normas canónicas y en el espíritu de la exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et Paenitentia. Se trata de restituir toda su importancia a la celebración del sacramento de la Penitencia en su doble dimensión, individual y comunitaria.

La reconciliación en el plano social favorece la paz. Tras un conflicto, la reconciliación reconstruye la unidad de los corazones y la vida en común. En virtud de la reconciliación, naciones durante mucho tiempo beligerantes han reencontrado la paz, ciudadanos devastados por la guerra civil han reconstruido la unidad; personas o comunidades que piden y ofrecen perdón han purificado su memoria; familias divididas vuelven a vivir otra vez en armonía. La reconciliación supera las crisis, restituye dignidad al pueblo y abre el camino al desarrollo y a la duración de la paz en el pueblo a todos los niveles.

Los Padres sinodales lanzan de corazón un llamamiento a todos aquellos que están en guerra en África y hacen sufrir mucho a su pueblo: “cesad las hostilidades y reconciliaos”. Piden a todos los ciudadanos y los gobiernos de África que “reconozcan su fraternidad y promuevan iniciativas de todo tipo que podrían alentar la reconciliación y reforzarla establemente a todos los niveles de la sociedad. Invitan a la comunidad internacional a que rechace con fuerza los intentos de desestabilizar el continente africano y que provocan constantemente conflictos. Y finalmente proponen que las naciones africanas celebren cada año el Día de la Reconciliación”.

Y a continuación, en la proposición número 9, describen la llamada espiritualidad de reconciliación. ¿En qué consiste? “En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo (2Co 5,19-20). Reconciliación implica un modo de vida (espiritualidad) y una misión. Para llevar a cabo una espiritualidad de reconciliación, justicia y paz, la Iglesia necesita testigos arraigados profundamente en Cristo, nutridos de su Palabra y de los sacramentos. Así, estos podrán esforzarse hacia la santidad, sobre la base de una conversión permanente y de una intensa vida de oración, y entregarse a la tarea de la reconciliación, la justicia y la paz en el mundo, hasta el martirio, a ejemplo de Cristo. Con su valor en la verdad, con su abnegación y con su alegría, estos ofrecen un testimonio profético en un modo de vida coherente con la propia fe”.

Santa María de la Reconciliación
Y la propuesta concluye con una mirada dirigida a María: “María, la Madre de la Iglesia-Familia de Dios, que acogió voluntariamente la Palabra de Dios, escuchó las necesidades humanas y fue mediadora compasiva, será modelo de esto”. Será modelo, madre, camino e intercesora de reconciliación. A ella a la Madre de la Reconciliación, a Nuestra Señora de África, encomendamos esta tarea, este compromiso. Encomendamos la Jornada de las Vocaciones Nativas 2010: vocaciones al servicio de la reconciliación; al servicio, pues, de la mejor humanidad.


La Obra de San Pedro Apóstol fue fundada por Estefanía Cottin de Bigard y su hija Juana Bigard en 1888. La iniciativa surgió como respuesta a la petición del obispo de Nagasaki, que había solicitado ayuda para su clero indígena.

Juana Bigard nació en Francia en 1859 y murió en 1934. Cuando tenía 19 años, su padre -un prestigioso magistrado de la audiencia de Caen que había perdido la fe- se quitó la vida. Este hecho marcó a Juana, que hizo, a los 23 años, promesa formal de ofrecerse a Jesucristo por la salvación de su padre y del mundo en general.

Movida por este ideal, Juana se pone en contacto, con Mons. Cousin, obispo de Nagasaki. En una de sus cartas, este le cuenta que en Nagasaki viven 50.000 cristianos, restos de la primitiva comunidad fundada por San Francisco Javier, y que, por temor a las persecuciones, no quieren acercarse a los misioneros extranjeros.

“En el momento de la muerte -escribía Mons. Cousin- ansían recibir los sacramentos, pero sus familiares se oponen ante el temor de ser denunciados. Por el contrario, dejan fácilmente que el sacerdote indígena se acerque al moribundo, ya que puede presentarse como un japonés cualquiera… Esta es la razón por la que aprecio tanto la obra de nuestros seminarios y por lo que estoy tan reconocido a cuantos me ayudan a aumentar el número de alumnos”. La lectura de esta carta, recibida el año 1888, señalará la fecha de comienzo de la Obra de San Pedro Apóstol. Desde entonces, Juana Bigard y su madre se pusieron al servicio de esta empresa, mendigando de puerta en puerta la pensión de un seminarista japonés.

En 1895, Juana y su madre solicitan a la Santa Sede la aprobación de la Obra de San Pedro Apóstol. Obtenido el reconocimiento eclesiástico de León XIII, madre e hija se preocupan ahora de obtener el reconocimiento civil. Al denegarlo Francia, deciden trasladarse a Suiza, donde en 1902 la Obra es reconocida oficialmente con plena personalidad jurídica en el cantón de Friburgo.

Juana enferma y decide confiar la dirección de la Obra de San Pedro Apóstol a las Franciscanas Misioneras de María, que trabajaron con abnegación durante años en favor del clero nativo. En 1919, Benedicto XV, consciente de que la Iglesia solo estará debidamente fundada en un país si existe un clero indígena suficiente en número y bien instruido, entrega la dirección de la Obra a la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Pío XI, en 1922, la constituye definitivamente en Obra Pontificia.

La Obra de San Pedro
Apóstol en España
Los comienzos de la Obra en España fueron sumamente humildes. José Pío Gurruchaga, sacerdote de Guipúzcoa, atento al movimiento misional y particularmente interesado en su espíritu sacerdotal por esta Obra, se dedicó a implantarla en su parroquia de Irún, antes de que el Papa le diera el título de pontificia; a sus esfuerzos se deben los primeros donativos y becas que se recaudaron entre nosotros en favor del clero indígena.

Este sacerdote, entonces desconocido, sería el que más adelante habría de implantar la Obra en toda España y su primer director nacional, por nombramiento de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide en 1922.

BECAS para las vocaciones: una respuesta efectiva

Las Obras Misionales Pontificias desean impulsar la cooperación con las vocaciones nativas a través de la implantación de Becas. Desde hace años, varias diócesis han introducido esta forma de cooperar proponiendo la subvención de una Beca completa -2.000 euros-, media Beca -1.000 euros- o un curso escolar -350 euros-. Estas aportaciones no cubren todos los gastos, sino que se suman a la contribución del interesado o de la diócesis. A este sistema de financiación se están incorporando instituciones o grupos de personas.

Los sacerdotes: Los primeros implicados en promover estas ayudas son los sacerdotes que tienen información suficiente para conocer la urgente necesidad de sacerdotes al servicio de la Evangelización. Son ellos mismos, además de los fieles de su comunidad, quienes contribuyen con una o varias Becas:
l Equipos sacerdotales por Arciprestazgo que asumen el compromiso de ayudar a estas vocaciones mediante la financiación de una o más Becas.
l Bodas de plata u oro sacerdotales. Con ocasión de la celebración de los 25 o 50 años de vida sacerdotal, hacen partícipes de sus bienes a quienes más tarde pueden acceder al sacerdocio.
l Seminaristas mayores. Los seminaristas mayores se hacen solidarios de otros más necesitados y comparten con ellos sus propios bienes.

Monasterios de vida contemplativa: Desde hace años los Monasterios de vida contemplativa han intensificado su oración por las “Vocaciones Nativas”. Muchos de ellos dedican un día al mes para orar por esta intención. En algunos casos, su aportación económica no es otra cosa que “dar de su pobreza”, como lo hizo la viuda del Evangelio; en otros, abren sus puertas a otras personas para subvencionar una Beca total o parcialmente.

Hermandades y Cofradías: Cada día crece el número de fieles que se incorporan a la vida de una Hermandad o Cofradía. Se está introduciendo en la praxis de estas asociaciones la subvención de Becas para las vocaciones nativas, que cada año se va ampliando.

Familia: Las familias misioneras se están incorporando a esta corriente de solidaridad con la subvención cada año más numerosa de Becas para las vocaciones nativas.

Si estás interesado en estas becas, llama a OMP al
91 590 27 80 o escribe un e-correo a dir.nal@omp.es

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