El servicio de la reconciliación
Por Mons. Francisco Pérez • 28 abr, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio
En la experiencia cristiana uno de los efectos que viene propiciado por la caridad es la misericordia. Ella, la caridad, se entrega doblemente: por gratuidad o por reconciliación. Son la cara y cruz del amor cristiano. Sabemos que la Iglesia está formada por miembros frágiles y pecadores pero tiene una cualidad y es la de sostenerse y fundamentarse en Jesucristo único Salvador del género humano. El lema que hemos escogido se hace vivo y presente en los que son llamados a seguir de cerca de Cristo; su entrega no tiene otro modo de comportamiento que la de hacer posible la reconciliación entre las gentes y los pueblos. Muchos son ldo.
A este respecto recuerdo la experiencia de un gran amigo mío que se llamaba Mons. F. X. Nguyen Van Thuan, nombrado Cardenal por el Papa Juan Pablo II, y natural de Vietnam. Vivió durante 13 años el sufrimiento de la cárcel. Murió en el mes de diciembre del año 2002. El Papa Juan Pablo II presidiendo su funeral, en la homilía, manifestó: “En su testamento espiritual, después de pedir perdón, el llorado cardenal asegura que está tranquilo de morir y que no conserva odio hacia nadie ofreciendo todos los sufrimientos a Dios a través de María y San José… Su secreto era una indómita confianza en Dios, alimentada por la oración y por el sufrimiento aceptado con amor. En la cárcel celebraba todos los días la Eucaristía con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano. Ése era su altar, su catedral. El Cuerpo de Cristo era su medicina”.
Aún recuerdo los días que pasé de vacaciones junto al cardenal Van Thuan. Era en tiempo de verano y los parajes por donde paseábamos eran hermosos y bellos. Le escuchaba con una gran atención y con una admiración que rayaba en una experiencia espiritual profunda. Me hablaba que todos los días celebraba la Eucaristía, tal y como se ha descrito más arriba y que a cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarse en la cruz con Cristo, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día cuando, recitaba las palabras de la consagración, se confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesucristo y él, mediante su sangre mezclada con la suya. Sólo con el sacrificio de sí mismo el cristiano contribuye a la salvación del mundo. La experiencia de los perseguidos por intereses de diverso tipo, como le sucedió a Mons. Van Thuan, consiguen ser signos y agentes de reconciliación en medio de la sociedad y a pesar de que ésta les vuelva la espalda. Siempre se han necesitado heraldos del amor y testigos del crucificado. Son los únicos que llevan a la sociedad un aire nuevo de esperanza.
Las vocaciones nativas, que desarrollan su actividad caritativa y pastoral en países tantas veces acosados por guerras y luchas tribales, son exponentes de una nueva forma de vivir por la paz y para la paz, por la conciliación y la reconciliación. Las palabras proclamadas por Jesucristo poco antes de su pasión, presentes un grupo de peregrinos griegos que estaban en Jerusalén, son la forma más eficaz para ser testigos de la reconciliación: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Los mártires demuestran, con su ofrenda generosa, que lo único que puede hacer cambiar a la humanidad es el amor: la raíz está en que ellos han sabido conformar su vida a la de Cristo en la cruz porque nadie tiene mayor amor, es decir mayor justicia, que el que entrega su vida por los demás. Lo que caracteriza a los cristianos no es el acto religioso en sí sino la participación en el sufrimiento de Cristo en la vida del mundo. Y eso lo hacen muy bien los mártires.
La Jornada de “Vocaciones Nativas” nos invita a poner al servicio de la sociedad la reconciliación. Sabemos las grandes rupturas que ha habido en la historia. El Papa Juan Pablo II, como peregrino de esperanza y reconciliación y con motivo del Jubileo del año 2000, pidió perdón a toda la humanidad. Caso insólito en épocas precedentes. Un signo más para mostrar que sólo desde la misericordia se llega a la reconciliación y ésta se llevará a efecto desde “la conversión interior porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismos y de una efusión libérrima de la caridad” (UR del Concilio Vaticano II).
La reconciliación junta su mano con la justicia puesto que “gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia más grande, que es la del amor (cfr. Rom 13,8-10). La justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar. La fe no es un hecho natural, como es obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía” (Benedicto XVI, Mensaje de la Cuaresma 2010).
La experiencia del sacerdote, del religioso o del consagrado, en sus diversas facetas, debe ser un testimonio de amistad puesto que por el puente de la amistad pasa Cristo. De ahí que los lazos de amistad llevan a una hermandad conciliada y reconciliada si en algún momento se ha roto. Tanto la conciliación como la reconciliación tienen un nombre: amor misericordioso. Si el padre no hubiera tenido este amor, como nos narra el evangelio, no se hubiera reconciliado con su hijo que salió de su casa y volvió de nuevo. La vida cristiana es una experiencia de profunda reconciliación. En esta Jornada de las Vocaciones Nativas pidamos al Dueño de la mies que envíe muchos jóvenes para trabajar con Jesucristo en la sociedad que está necesitada de amor, paz y reconciliación.
