La alegría de la fe
Por Alfredo López Vallejos • 28 abr, 2010 • Sección: Actualidad
Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. Que vuestro testimonio sea conocido por todos. No os inquietéis por cosa alguna” (Fil.4,4-6). ¿Quién, de dónde, por qué se habrá creado la especie de que la vivencia de la fe sea algo triste, aburrido, rancio y obsoleto?
La alegría de ser cristianos nace de participar en la experiencia de Cristo: “mediante la resurrección de Cristo Jesús nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, reservada para vosotros, a quienes el poder de Dios protege para la salvación” (1 Pe.1,3-5). La alegría de la fe se identifica con nuestra participación en la definitiva victoria de Cristo sobre el poder del pecado y de la muerte. Es la realidad primordial que siempre celebra la liturgia y de un modo especial en la cincuentena pascual que acabamos de iniciar. La alegría de la salvación, experimentada en la fe y celebrada en la liturgia, pertenece a la esencia del mensaje bíblico, según se anuncia ya en el A.T (Sal.51,14). Se trata de una alegría asociada al anuncio del Reino de Dios (Mt.3,2; 13.18-49; Lc.17,20-21), cumplido para nosotros en la plenitud de los tiempos con la resurrección de Cristo (Hech.2,32; 10,38-42; Rm.1,4; 8,1-11; 1 Cor.15, 12-20).
No se trata sólo de la rotundidad del testimonio de quienes fueron testigos, el gozo pascual de la existencia cristiana se fundamenta en nuestra participación en la victoria de Cristo sobre la muerte: “sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con él. Y esto es para vuestro bien, a fin de que la gracia abundante haga crecer para gloria de Dios la multitud de los que le dan gracias” (2 Cor.4,14; 13,4). “Porque si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (Rom.6,5). “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos vivificó juntamente con Cristo Jesús. Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de nosotros, sino que es don de Dios” (Ef.2,4-8).
Esta experiencia de comunión con Cristo es la que nos hace vivir rebosantes de alegría, “aunque sea preciso que todavía seáis afligidos por pruebas diversas, a fin de que la calidad de vuestra fe, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y honor” (1 Pe.1,6-9). La plena comunión con Cristo será don escatológico, mientras tanto anticipamos, en la celebración de la fe, este proceso de nuestra adhesión a Cristo, “para que os hicierais partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe.1,3-7; 2 Cor.5,17; Gal.6,15; Tito 3,5-7).
