Los mandamientos de la Iglesia (II)
Por Félix García de Eulate • 28 abr, 2010 • Sección: Con ojos de catequista
Al acercarse el tiempo pascual siempre hay alguien que recuerda el segundo mandamiento de la Iglesia. Dice así: “Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar”. También este año la maestra-catequista del colegio de la iglesia recordó en el claustro de profesores que en la programación anual había que reservar un espacio de tiempo para esta actividad.
Ya no hay suficientes sacerdotes, religiosos o religiosas en algunos colegios para marcar la línea pastoral propia de sus institutos. Pero siguen con su carisma, sobre todo, los maestros, buenos exalumnos, que han asimilado el espíritu de la institución religiosa. Es una suerte contar con ellos y más si son catequistas. Es encomiable el esfuerzo que hacen, añadido a sus clases. Se responsabilizan de la pastoral del colegio. Al final de la cuaresma se las ven y se las desean para conseguir confesores en los horarios programados.
Nuestra maestra-catequista recuerda el segundo mandamiento de la Iglesia, que está en el cánon 989, más por motivos pedagógicos que por cumplir una obligación. Está convencida de la capacidad educativa que tiene la práctica de la confesión entre los jóvenes. Por eso quiere facilitarles su ejercicio ofreciéndoles algunas oportunidades durante el año, especialmente por Navidad y por Pascua.
Es muy positivo para la formación de la conciencia en estos tiempos de relativismo moral. Los niños y jóvenes ya se dan cuenta de lo que es bueno y malo, de lo que está bien y lo que está mal. Van tomando conciencia del sentido de pecado, el esfuerzo y la gracia. La confesión es el taller inmejorable para forjar en la libertad y en la responsabilidad, en la moral y en la conciencia recta, en la misericordia y en el perdón. La confesión pascual entra en el proceso educativo a través de una buena catequesis y una celebración adecuada a las diversas edades.
Se acentúa la alegría del perdón de Dios. Se pone de manifiesto el aspecto personal y comunitario del pecado, la gratuidad del perdón de Dios y el esfuerzo humano. Ofrecer y recibir el perdón entre todos los que participan en la comunidad educativa es un ejercicio muy saludable para la buena marcha del colegio.
Una madre decía: He apreciado un cambio sensible en el comportamiento de mi hija. ¿Acaso ha habido confesiones en el colegio? En efecto. Así había sido. ¡Qué grandes bienes produce la confesión purificando de los pecados y proponiendo el ejercicio de las virtudes y grandes ideales! El Papa Pablo VI decía que la confesión es como “… una escuela de sabiduría moral,… un terreno de entrenamiento para la energía espiritual…”
