VI domingo de Pascua. Ciclo C
Por Juan Apecechea • 3 may, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio
“Mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él”
Las diversas filosofías y religiones del mundo han tratado siempre de dar una respuesta a la pregunta sobre la identidad fundamental del ser humano. ¿Qué es el hombre? Esa es la gran pregunta hecha desde siempre y que ha tenido y tiene múltiples respuestas.
La fe cristiana responde proclamando la relación esencial del ser humano con Dios: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios” (Gaudium et spes, 19). Mejor que nadie lo dijo san Agustín: “Tú nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
El texto evangélico de hoy nos adentra en el misterio de la asombrosa relación del hombre con Dios. El hombre forma parte del circuito de la correlación amorosa entre Dios Padre y su Hijo, expresada en estos términos: “Mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él”. En la dinámica íntima de esa divina comunicación paterno-filial es insertada la vida del ser humano. La clave de esa comunicación es el amor. Quien ama a Cristo será amado por el Padre, y Padre e Hijo lo amarán, pondrán su morada en él y vivirán en él. Así de asombrosa es la imagen cristiana de la persona humana. ¡Somos morada de Dios!
“El Espíritu Santo os explicará todo lo que yo os he dicho”
Jesús sabe bien que todo ese misterio de relación y comunión entre Dios y el hombre no es posible entender ni experimentar con las solas fuerzas humanas. Por eso dice a sus discípulos que les enviará el don admirable del Espíritu Santo con el fin de que puedan tener una más completa y profunda comprensión de todo lo que él les ha revelado: “El Espíritu os iluminará para que podáis entender la verdad completa” (Jn 16, 13).
En esa acción del Espíritu Santo se fundamenta la importante realidad eclesial de la Tradición cristiana: “El Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo” (Dei Verbum, 8).
La acción del Espíritu Santo es el aliento renovador que la Iglesia necesita para proclamar en cada momento el evangelio como “fuerza de Dios para que todo el que cree se salve” (Rom 1, 16).
