Peregrinación diocesana a Tierra Santa
Por La Verdad • 5 May, 2010 • Sección: Vida diocesana
De muchas formas, otros mejor preparados y más dignos que yo, habrían contado el relato de la peregrinación de un grupo de navarros por Tierra Santa.
Ahora, designado yo, me dispongo, observando, contemplando, dialogando y viviendo en primera persona, a contar esta experiencia, y en dar orden y acierto poniendo por escrito esta aventura. Panta-rei (todo fluye) decía el filósofo. Por eso quiero dejar constancia con estas pobres letras que brotan de la experiencia y de la oración, para que lo vivido no caiga en saco roto. ¡Ven a leer el quinto Evangelio ven a Tierra Santa! Con la Diócesis, allá nos marchamos 95 personas. Y todos salimos como en un nuevo éxodo, a buscar.
Al llegar y pisar esa tierra del Señor, dos guías nos esperaban como cayado y compañía de camino: Jorge y Mois. Yaffo con el barrio de los artistas, la casa de Simón el Curtidor y la Iglesia de san Pedro. Misa con Salve Marinera en el Monte Carmelo. Iniciábamos el camino visitando la cueva de Elías, Cesárea marítima y llegándonos hasta Nazaret fuimos a buscar al pozo de María. Entramos en la impresionante iglesia de las naciones. La pequeña gruta excavada en la roca fue testigo de un Magníficat interpretado a 4 voces por los peregrinos navarros. Tiberias nos recibía al anochecer en un precioso hotel en las mismas orillas del lago Tiberiades.
En nuestro recorrido, nos hicieron subir a una pequeña montaña. Se nos dijo al oído una palabra sencilla: Bienaventurados. En el lugar de las siete fuentes (Tabga) vimos el lugar de la multiplicación de los panes y los peces o la mesa del pescado asado de la amistad y del amigo resucitado. Y allá el encargo al primero de los discípulos: apacienta a mi rebaño. “¡Tú Señor eres mi Pastor” ¿A quién estás buscando? Id al mar de Galilea. Y nos fuimos a Cafarnaúm. Las piedras hablaban: curaciones y expulsión de demonios discusiones con los escribas y fariseos; la casa de la suegra de Pedro, a la que hizo servidora de la comunidad cuando la curó de sus fiebres; la sinagoga y el lagar de aceite: casa, campo y hogar, y vino, aceite y trigo.La elección de los primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Y Leví el recaudador de impuestos.
En Caná 7 matrimonios celebraron sus Bodas de Plata y 4 las de Oro. Junto a otros tantos más, volvieron a decir sí. Cruces de miradas cómplices, anillos entrelazados de fidelidad y perseverancia. En el río Jordán renovamos las promesas del bautismo: “Sí Señor, creo”. “Es mi Hijo, Él es mi Hijo, escuchadle”. Los peces se asomaban curiosos a ver qué fiesta y algarabía era. Surcamos en barca el Tiberiades (cuánta emoción y oración) y de noche, por cortesía de la Diócesis, otro paseo nocturno en barca acompañado con champán de aquellos que habían renovado sus promesas matrimoniales. ¡Inolvidable y festivo ese momento!
Al amanecer el Tabor esperaba nuestra visita. Allá fuimos a contemplar el rostro de Dios en Jesucristo, amplitud de miras, y campanas al vuelo. Eucaristía. ¡Qué bien se está aquí, Señor! Luego, el baño en el mar muerto, nos devolvió como a Jonás lo devolvió el cetáceo, pues lo nuestro es seguir caminando. Y comida y descanso y camellos que nos sacaron las risas más ingenuas del chiquillo que llevamos dentro y que pocas veces dejamos ver. Llegamos a Jericó; Bartimeo y Zaqueo salieron a nuestro encuentro. La noche se echó encima como un manto y llegamos a la ciudad santa: Jerusalén. Cómo se nos puso la piel de gallina, al ver sus muros. ¡Qué alegría pisar sus atrios y ver sus piedras, qué suerte vivir seguros, pues la amamos! ¡Brindis con vino dulce, cantos, abrazos, bienvenidas! El descanso aguardaba en un imponente hotel.
Horas después, como los Magos, nos encaminamos hacia Belén. Pasar a Belén atravesando muros físicos no es fácil. ¿No estamos llamados, a formar del mundo una fraternidad? La Natividad está hecha de piedra sobre piedra. Grandeza para albergar tanta pequeñez. No muy larga se hizo la espera y sí amena, en medio de aquella Basílica dejada y ungida por el paso de los siglos y el descuido de los hombres. “Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo” Nos arrodillamos y nos hicimos pequeños, besamos el lugar del nacimiento y nuestros ojos se bañaron al adorar a tan valioso fruto del vientre de la doncella Nazarena. Nuestra boca cantó y el corazón se emocionó con ternura. ¡Feliz Navidad! ¡Eucaristía radiante y solemne! ¡Cómo sonaba el Himno de Navarra al órgano! El campo de los pastores nos hizo buscar la estrella de la Navidad.
El lugar de la visitación de María a Isabel es rincón de subversión y de esperanzas. La vejez se hace juventud, la estéril fecunda, la encorvada Isabel anciana, no ha olvidado la esperanza del Mesías y se endereza, como mujer plena, para saludar a María, la pobre de Nazaret: “Bendita tú eres”. Posteriormente, más camino y la casa de Juan el Bautista. Anochecía en Jerusalén.
Fuimos al Monte de los Olivos. Los ojos estaban despejados y los pies presurosos y escuchamos la voz del Maestro que decía: “No durmáis, estad en vela y orad. “¿A quién buscas? A Jesús de Nazaret” El Hermano Rafael nos obsequió con una rama de olivo a cada uno de los 95 peregrinos. Después una visita más al huerto de la pasión, al huerto del sueño y de los desvelos visitamos “Dominus Flevit” ¡Qué vista de la ciudad santa! Jerusalén ábrete, abre tus muros al mundo y recoge como gallina, bajo tus alas, a todos los pueblos como polluelos. Jerusalén, ciudad santa ¿qué tienes que atraes? Esta tierra roba el corazón y el afecto. Descendimos hasta la tumba de la Virgen (tradición ortodoxa). Llegamos al lugar de la dormición. Contemplar a María en el lecho de la muerte es creer en la esperanza. El coro de la peregrinación, entonó “Dulce Madre”. La tumba del Rey David fue testigo de nuestras miradas. Más tarde nos dirigimos al Cenáculo y felicitamos a los tres sacerdotes: Javier Leoz, Carlos Ayerra y Javier Resano. ¡Gracias!
En San Pedro in gallicantu vimos una cárcel como aquella en la que Jesús pasó la última noche de su vida. Finalizaba el día en la Sede Central de los Padres Franciscanos. El Vice-Custodio, nos recibió a toda expedición navarra. Una charla sobre la situación de los cristianos en Tierra Santa, un regalo para cada uno de los peregrinos y 3.000 euros que les entregamos en nombre de nuestra Diócesis, de los peregrinos y de la parroquia de Peralta para la inmensa labor social y caritativa que realizan los religiosos en aquellas tierras. La noche nos brindaba unas horas de feliz sueño.
El domingo, penúltimo día de la peregrinación, nos aguardaba otro recorrido por la Ciudad Santa: Lithostrotos, Calvario, Santo Sepulcro y una eucaristía dominical en la iglesia de la Sede Central de los Padres Franciscanos. Santa Ana, la piscina probática y un vía crucis inolvidable nos hicieron vivir a flor de piel los últimos pasos de Jesús por la vía dolorosa. ¡Qué día del Señor tan completo! Tres horas libres fueron excusa para las risas, el buen humor, la convivencia o vuelta a tantos lugares visitados. Por la noche, en el hotel, una gran fiesta y momento para obsequios. Txema, invidente que con su mujer celebraba sus bodas de plata, sintió el cariño y el aprecio de toda la expedición. Les regalamos dos relojes. Txema ¿sentiste nuestras manos de cirineos? Nosotros, en tu fragilidad supimos ver el rostro de un Jesús que nos necesitaba. ¡Cuántas cosas, en tu ceguera, habrás visto sin nosotros habernos dado cuenta!
El lunes, amaneció rápidamente. El Santo Sepulcro fue testigo de nuestra última eucaristía. Besamos aquel lugar salvífico, de gracia y de sentido. ¡Con cuenta gotas entramos al lugar de la sepultura de Jesús! ¡Ha resucitado el Señor y nuestras manos tocaron la piedra del calvario ¡Te adoramos oh Cristo!
Pasamos a divisar el muro del templo. Algunos de los nuestros, en su mayoría, entraron a orar y a curiosear sus grietas. Allá el pueblo del Antiguo Pacto, sigue lamentándose, de espaldas al Mesías hecho carne en Belén, muerto y crucificado, pero viviente y vivo para siempre. La Ascensión y el Pater Noster fueron los últimos lugares visitados antes de partir. Eran las 12´30 del mediodía del día 19 de abril. Autobús y despedidas de nuestros queridos Jorge y Mois. Controles y vuelo hasta la tierra del apóstol Santiago. Por último el adiós y los buenos propósitos: una Misa de toda la peregrinación diocesana delante de San Fermín y cena en una sociedad de Pamplona. El grupo de peregrinos se dispersó por entre las calles de los pueblos Milagro, Fustiñana, Fitero, Cintruénigo, Carcastillo, Peralta, Larraga, Pamplona, Irurzun, Leiza, Burlada, Ibiricu, Olagüe, Villava, San Martín de Unx, Cizur Mayor, Zumárraga, etc.
Hoy estos discípulos viven en las cosas cotidianas con la memoria de aquellos días. Recuerdan, no sólo las piedras, sino la experiencia del corazón. Miran sus objetos de recuerdos y sus fotos, e intentan, sin distinguirse de los otros, llevar en lo cotidiano de su vivir, el mensaje del Maestro: ¡Amaos! ¡Qué mañana de luz recién amanecida, resucitó Jesús y nos llama a la vida! ¡Gracias, Diócesis de Pamplona! Un peregrino







