Aprender a sufrir
Por La Verdad • 15 jun, 2010 • Sección: Reflexiones desde la debilidad
Yo no sé si aprenderé nunca esta ciencia tan difícil. El dolor es siempre nuevo, aun en el enfermo crónico. Nunca te acostumbras a él, pero algo se aprende; y en los intervalos de las crisis agudas llega a sentir el alma cierto gozo, mucha paz e incluso cierta alegría.
Nos decía a los amigos Pedro San Martín, el cura de Pamplona que pasó casi toda su vida sacerdotal trabajando por las Misiones: “Tengo más males que el pupas”. Murió relativamente joven. Pero pasó su existencia humana sembrando alegría. Aquel hombre nos demostró que puede llegar uno a la felicidad en medio de una salud quebrantada. Sabía aceptar los problemas con resignación, alegría y buen humor. No es cosa fácil. Pero santa Teresa de Jesús llegó a decir: “La paz, siempre la paz, se encuentra en el fondo del cáliz”. Así es la experiencia de nuestros santos.
Cuando pienso en la Oración del Huerto de Jesús, viene a mi memoria enseguida su frase: “Pase de mí este cáliz”. Y hubieron de transcurrir dieciocho horas amargas para que pasara; pero ya no volvió. Llegó la resurrección. Ya pasará nuestro dolor, el cáliz que nos atenaza. Y llegará la resurrección. Estamos seguros de ello. Y volverá también antes la paz verdadera, la que el Señor envía a cuantos sufrimos con amor.
Decía Claudio de Castro: “He aprendido que no es necesario comprender la voluntad de Dios que es perfecta; hay que amarla, como le amamos a Él. ¿Acaso puede el barro cuestionar al alfarero?” Al considerar los muchos sufrimientos de este mundo, viene a mi mente lo de san Mateo (7, 31-33): “No andéis preocupados sobre qué comeremos y qué beberemos… El Padre que está en el Cielo sabe que necesitáis todo esto. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia; todo lo demás se os dará por añadidura”. Lo nuestro es preocuparnos de las cosas de Dios. Él vendrá en nuestra ayuda. Podemos estar seguros.
Oí a una religiosa que decía: “Cuando sufro, me parece escuchar a Jesús que me dice: ¿Me ofrecerás tu dolor por la salvación de muchos alejados; por la santidad de los sacerdotes; por las misiones…? Entonces respondo: Ayúdame, Señor, con tu auxilio, soy capaz”. Quiero grabar en mi memoria, en el mismo fondo de mi corazón aquello que nos dice el salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la fuerza de mi vida; ¿quién me hará temblar?” Con Jesús a mi lado no puedo tener miedo. Él es nuestro refugio; nuestro poder”.
Nuestra experiencia ha de ir por estos derroteros. Yo no sé si aprenderemos a sufrir o no. Es muy difícil esta ciencia. Pero estoy seguro de que junto a Él, junto a su amor generoso, “pasaremos por valles de tinieblas y ningún mal temeremos”, porque Él nos alienta, nos protege y nos acoge.
