Ascensión del Señor
Por Juan Apecechea • 15 jun, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio
“Se separó de los discípulos y fue llevado al cielo”
l En esta era de los vuelos especiales, alguien podría pensar ingenuamente que la ascensión de Jesús fue algo similar a una de esas espectaculares hazañas científicas. Nada más lejos de la realidad. La ascensión es un acontecimiento real, pero de carácter trascendente, que está más allá del espacio y del tiempo.
l El evangelista Lucas le da una especial relevancia en sus dos obras. Concluye el Evangelio con la referencia a la Ascensión y abre el libro de los Hechos con el relato del mismo hecho. Según el texto evangélico, el acontecimiento habría tenido lugar en el mismo día de Pascua. Según Hechos, en cambio, cuarenta días más tarde. Y es que la intención del autor trasciende la simple información histórica.
l ¿Cuál es, pues, el objetivo de Lucas en su obra? Quiere resaltar la inquebrantable continuidad entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia. La Ascensión es vista como signo de engarce y comunión entre la Iglesia y Jesús. No es simplemente un final, sino un nuevo comienzo. Es la representación gloriosa del triunfo de Cristo resucitado, como fundamento de una andadura nueva.
“Vosotros seréis los testigos de todo eso”
l Al ascender Jesús al cielo no sólo no se desentiende de la evangelización del mundo, sino que autentifica y refrenda su acción salvadora mediante el testimonio y la misión universal de los apóstoles. Su presencia y acción están garantizadas: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mt 28, 20). En su nombre será anunciado el Evangelio a todos los pueblos.
l La Ascensión del Señor nos evoca, por otra parte, la vida eterna y bienaventurada del cielo. Y ¿qué es la vida eterna? “Es sumergirse en el océano del amor infinito de Dios, en el cual el tiempo ya no existe (…) y es, a la vez, estar desbordados por la alegría en plenitud” (Benedicto XVI).
l La perspectiva de la vida eterna, sin embargo, no nos dispensa del compromiso de edificar el mundo según el plan de Dios: “La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar el afán por perfeccionar este mundo y toda la familia humana” (Gaudium et spes, 39). La Ascensión del Señor es simultáneamente la fiesta del triunfo, de la esperanza y de la responsabilidad.
