Explicando la muerte a los hijos

Por La Verdad • 15 jun, 2010 • Sección: Evangelizar en y desde la familia

Una de las paradojas de nuestra sociedad moderna donde se dan las mayores facilidades para conseguir información de todo tipo es lo poco que se habla de la muerte. Parece que mucha gente se atemoriza ante la muerte y hacen todo lo posible por evitar hablar de ella. Sólo es motivo de comentario cuando algún pariente o amigo ha fallecido y se procura no hablar de la muerte, más de lo estrictamente necesario. Da la sensación de que cuanto menos se hable de la muerte, menor incidencia tendrá en nuestras vidas.

Por otra parte, vivimos en un mundo en el que se exaltan la buena salud, la belleza y la juventud que se han convertido para muchos en las principales metas de sus vidas. Para alcanzarlas, todo esfuerzo y sacrificio son pocos para algunas personas. Consecuentemente, hablar de la muerte en este mundo de la bella imagen se considera una intrusión inaceptable en las vidas de la gente y un obstáculo para la felicidad. Pero esta circunstancia no debe impedir que los padres expliquemos el sentido de la muerte a nuestros hijos, de la misma manera que hablamos con naturalidad de sus estudios, su porvenir profesional, sus problemas personales, etc.

Ante todo, conviene abordar el tema de la muerte con mucho tacto y respeto al otro, adaptando nuestro lenguaje a las circunstancias de los hijos. Recomiendo hablar con franqueza de la muerte con los hijos a partir de los 13 años cuando ellos empiezan a plantearse seriamente las cuestiones fundamentales de la vida. En primer lugar, es preciso enfocar la muerte desde la fe cristiana, haciendo ver a nuestros hijos que la muerte es solamente el paso de la vida terrenal a la vida eterna, dado que el Cielo y no la tierra es nuestra morada definitiva: “Tenemos un edificio que es de Dios, una casa no hecha por mano de hombre, sino eterna, en los cielos” (2 Corintios 5,1), como nos recuerda el Apóstol San Pablo. Por tanto, no es propio de los cristianos temer excesivamente la muerte o prolongar indebidamente el luto.

Todo cristiano coherente con su fe vive con la esperanza del encuentro definitivo con Jesús y el reencuentro con todos nuestros seres queridos “que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz”, como rezamos en los funerales para nuestros difuntos. Un planteamiento auténticamente cristiano de la muerte se convertirá en un fuerte estímulo para que nuestros hijos vivan las exigencias de la fe cristiana con la mirada puesta en el Cielo. o

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