Los imperativos de Jesús
Por Alfredo López Vallejos • 15 jun, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada
A lo largo de toda la enseñanza de Jesús son sólo dos los imperativos, es decir, los mandatos directos, las normas, los dictámenes expresos que quiso dejarnos como disposición de obligado cumplimiento. En primer lugar “amaos los unos a los otros” (Jn. 13,34; 15,12.17), que hace presente el distintivo esencial de su doctrina y de la misión recibida del Padre, que quiso fuese el signo característico de sus seguidores.
Su segundo imperativo explícito fue el de “haced esto como mi memorial” (1 Cor.11,24-25), con indudables resonancias de las decisivas prescripciones dadas al pueblo de Israel: “decretaréis sea fiesta para siempre, en honor de Yahvéh, de generación en generación” (Ex.12.14; 34,18; Lev.23,14; Num. 28,23; Deut.16,1). Este segundo mandato: “haced esto”, significa ni más ni menos que la institución del sacerdocio. Por eso podemos afirmar que Jesús, en la última cena con sus discípulos, no sólo instituyó la Eucaristía como sacramento memorial, sino también el sacramento del Orden.
“Haced”, es decir, repetid, continuad, seguid haciendo, actualizad a lo largo de todos los tiempos y para todas las gentes. “Haced esto”, es decir, lo mismo que yo hago con vosotros, los mismos ritos y gestos, la misma acción sagrada. “Haced esto como mi memorial”, es decir, actualizad mi presencia salvadora mediante estos mismos signos, asegurad mi permanencia entre vosotros, volved a hacer presente esta misma realidad a través de todos los tiempos, de los siglos y generaciones, en todos los lugares, latitudes y circunstancias. Este preciso y explícito mandato es la realidad que hacen presente los presbíteros a lo largo del tiempo y de la historia en cada una de nuestras parroquias y comunidades. Son los presbíteros quienes han acogido esta voluntad del Señor de prolongar la presencia de Jesús: repetir sus gestos, sus palabras, sus enseñanzas, su perdón, su cercanía a los enfermos, a los pobres, a los pecadores y a todos los que sufren. No se trata de una profesión, sino de una obediencia, una misión, una vocación de prolongar y actualizar la presencia de Jesús mismo.
Resulta oportuno valorar esta impagable misión -sin presbíteros no habría sacramentos ni comunidades ni Iglesia- en vísperas de la celebración de san Juan de Ávila, patrono de los curas en España y en este contexto del año sacerdotal para toda la Iglesia, a punto de concluir, con motivo del gran cura de pueblo, san Juan Mª Vianney, en el 150 aniversario de su muerte (4 de Agosto de 1859), a quien le tocó vivir los tiempos difíciles del gran apogeo de la Revolución francesa.
