Pentecostés, el final de la “pentecoste”
Por Alfredo López Vallejos • 15 jun, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada
La santa Pascua en la resurrección de Cristo constituye el fundamento de la fe cristiana y el núcleo en torno al cual se fue desarrollando lo que actualmente conocemos como el año litúrgico. En los orígenes del cristianismo no existía más celebración que la Pascua, celebrada tanto semanal como anualmente.
Los primeros cristianos de procedencia judía celebraban la fiesta anual de la Pascua, como una de las tres fiestas anuales memoriales de los grandes acontecimientos de la salvación: la liberación de Egipto, la Alianza del Sinaí y la presencia de Dios en medio de su pueblo (Ex.23,14-17; 34,18-23; Lev.23; Dt.16, 1-16). Se celebraban en coincidencia con tres estaciones del año. A estas tres grandes fiestas de peregrinación, un siglo antes de la era cristiana, en tiempos de los Macabeos (año 100 a.C.) se añadiría la fiesta de las luces, “Hanukáh”, equilibrando el ciclo de las estaciones del año. Para la primitiva comunidad de los seguidores de Jesús, la experiencia de su muerte y resurrección, ocurrida en coincidencia con la celebración de la Pascua judía, supuso un memorial más inolvidable todavía, pero con un significado absolutamente nuevo. “Haced esto como mi memorial” (1 Cor.11,25). Pero además de este memorial de la Pascua celebrado en su periodicidad anual, entendieron que esa misma experiencia pascual estaba también vinculada a la periodicidad semanal, y no por una decisión arbitraria de los primeros cristianos, sino porque “el día siguiente al sábado” estaba especialmente marcado y privilegiado por las diversas apariciones del resucitado, siempre en ese preciso día de la semana. Ahí tenemos el origen de las primeras celebraciones cristianas: la Pascua y el domingo, ambas centradas en torno a la resurrección.
Los cristianos, muy influenciados en sus comienzos por el calendario de celebraciones judías, que siete semanas a partir de la Pascua (50 días) celebraban la fiesta de las semanas (“shavuoth” en hebreo, “pentecoste” en griego); la añadieron también a su calendario. La celebraban con renovado estímulo, ya que en coincidencia con esta fiesta tuvieron una nueva experiencia pascual, la de la efusión del Espíritu Santo (Hch.2,1). Por eso Pentecostés va a tener no sólo una nueva motivación, sino también una nueva significación. No van a celebrarla a los cincuenta días de la Pascua, sino que celebrarán la resurrección de Cristo durante cincuenta días ininterrumpidos. Todavía no existía la Cuaresma ni la Navidad o el Adviento, pero ya encontramos en Pascua-Pentecostés, el núcleo esencial de lo que llegará a ser al cabo de los siglos nuestro actual Año litúrgico. o
