Quo Vadis

Por Santiago Arellano • 15 jun, 2010 • Sección: Escuela de padres

Quién de nosotros no ha visto, y en más de una ocasión, la película Quo Vadis en que Robert Taylor y Debora Ker encarnan al tribuno Marco Vinicio y a la hermosa cristiana Ligia? La adaptación es bastante fiel pero en modo alguno puede reproducir toda la riqueza temática e histórica que la novela ofrece. Aconsejo que volvamos a leer la novela como tarea del verano. No me mueve una mirada nostálgica por aquel pasado embellecido por el paso del tiempo. La película es más sentimental y merengue o romántica, dirían algunos en su acepción popular, que la novela. No.

Pocas obras permiten comprender en su grandeza y miseria aquel poderoso Imperio, en el que, según el relato evangélico, se alcanzó la plenitud de los tiempos. Sinkiewiz ambienta con fidelidad de historiador tanto la sociedad romana, cultural y política, como la vida de los primeros cristianos, la Iglesia primitiva. Pero sobre todo plantea con sagacidad la respuesta cristiana a la polémica cultural que en los años en que se publica la novela se achacaba al cristianismo sobre el hundimiento del Imperio Romano. Recordad por ejemplo el poema de Carducci, “A la fuente de Cliptuno” en el que se acusa que cuando Cristo asciende al Capitolio, Roma se convirtió en esclava. Recordad el movimiento poético del Parnaso. Las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX, vivieron estas controversias culturales.

Pero mucho más importante para comprender nuestro momento histórico es caer en la cuenta de que una de sus claves es la pretensión de recuperar en la organización política del mundo moderno el poder absoluto del Cesar, por encima de cualquier consideración espiritual y religiosa. Desterrar a Cristo de la vida pública se ha propuesto como la gran liberación. No debemos olvidar que tanto el nombre de “zar” como el de “Kaiser” son derivados de la palabra latina “césar” y que de la Gran Revolución Francesa, surgió Napoleón que después de “cónsul” se convirtió por la espada en “Emperador”. César Augusto fue su modelo.

Los problemas que padecemos los creyentes en el sistema democrático moderno se parecen a los que sufrieron los primeros cristianos. Cuando se enfrenta la ley de los hombres a la ley de Dios no existe otra salida que o callar y sentirnos pisoteados; o denunciar la injusticia y convertirnos en objetores de conciencia. Se nos ha olvidado el sufrimiento que se escondía tras el brillo de la ciudad romana.

La democracia es un sistema político admirable, si respeta un orden moral anterior al mismo Estado. De lo contrario las virtudes cardinales deben estar al cabo de su ejercicio como fruto maduro de las teologales.

El fragmento elegido me parece genial. Pertenece a la carta que escribe Marco Vinicio a Petronio, prototipo del exquisito romano de aquellos días por su saber mantenerse en el peligroso mundo de Nerón, con toda justicia, convertido en “el árbitro de la elegancia”. Petronio y los hispanos Séneca y Lucano, magistralmente descritos en la novela, representan la cara más noble del Imperio.

La irrupción del cristianismo contrasta con un mundo moral en descomposición. La sociedad romana del siglo I mantenía la religión pero no creía en sus dioses. Por ello a Marco Vinicio no le costaba ningún esfuerzo levantar un altar a Cristo, ni siquiera aceptar la doctrina y la novedad de su vida incluida la resurrección de entre los muertos. El mismo apóstol Pablo se lo enseñó: no está en nuestras manos cumplir la nueva Ley. Practicar la doctrina es la clave; pero vivido como don y regalo del mismo cielo.

Sin embargo lo más admirable es la afirmación rotunda entre el ideal cívico de Roma y del cristianismo. ¿Alguien podía cuestionar que no existía diferencia entre vencedor y vencido, cuando el triunfo de la espada era la garantía de la pervivencia de Roma? ¿Cómo que no existe diferencia entre ricos y pobres, esclavos y señores, ciudadanos romanos y “devicti” ciudadanos que deben tributar a Roma por haber sido vencidos?
Un romano no podía entender ni la compasión ni la misericordia. Cristo para los judíos era locura, pero para Roma era necedad. Admitir la misericordia de Cristo era propiciar la mayor de las revoluciones que ha tenido lugar en la Historia: “concluye el gobierno, concluye el César, concluye la ley y el orden del mundo concluye. Y sobre todo esto, surge Cristo, lleno de una misericordia jamás conocida y de una bondad contraria a los instintos del hombre y a nuestros propios instintos romanos”. Esto fue así. Desde esta perspectiva uno se asombra de la ingente labor evangelizadora de la Iglesia y hasta intuye por dónde tiene que venir la nueva evangelización como reto de nuestro tiempo. Sin embargo, curiosamente, Roma se hundió porque los ideales desaparecieron entre los ciudadanos romanos. La legión romana se nutrió de bárbaros, hasta alcanzar los puestos más elevados. Y un bárbaro, Odoacro, General de las Legiones, se hizo dueño del Imperio. o

Quo Vadis

“Cristo vivió, se entregó para que le crucificaran por la salvación del mundo y resucitó de entre los muertos. Todo esto es cierto. Y no veo… por qué no habría de levantar un altar, si he de alzarle uno a Serapis, por ejemplo. Y hasta creo que no me sería difícil aún el renunciar a los demás dioses, puesto que ningún espíritu razonador cree actualmente en ellos. Pero ni aún todo esto satisface a los cristianos. No basta, dicen, honrar a Cristo, menester es también vivir con arreglo a sus enseñanzas; y he aquí que estoy a la orilla de un océano que, según sus mandatos, es necesario atravesar a pie. Y si yo les prometiese hacerlo, comprenderían que tal promesa era un simple conjunto de palabras vacías. Pablo me lo dijo así abiertamente.
Tú sabes cuánto amo a Ligia y que nada hay que yo no hiciera por ella. Sin embargo, aun cuando ella lo deseara, no podría yo alzar sobre mis hombros al Soracto o al Vesubio ni colocar en la mano el lago Trasimeno ni hacer que mis ojos de negros que son se volvieran azules como los de los ligios.
Deseándolo ella, lo desearía también yo; mas no por eso estaría en mis manos el poder hacerlo.
Más aún te digo: no sé como los cristianos se las arreglan para vivir, pero sé que donde principia su religión concluye el poder de Roma, concluye la misma Roma, concluye nuestro sistema de vida y concluye la distinción entre vencidos y vencedores, entre ricos y pobres, señores y esclavos; concluye el gobierno, concluye el Cesar, concluye la ley y el orden del mundo concluye. Y sobre todo esto, surge Cristo, lleno de una misericordia jamás conocida y de una bondad contraria a los instintos del hombre y a nuestros propios instintos romanos. En realidad, Ligia me interesa más que toda Roma con su poder, y ojala se hundiera el mundo con tal de poderla tener en mi casa. Pero esto ya es otro asunto. Para los cristianos no basta estar de acuerdo con ellos tan solo con palabras, sino que hay que sentir con toda el alma que la verdad está de tu parte. Pero yo -y tomo a los dioses por testigo- no puedo hacerlo. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Hay algo en mi naturaleza que se estremece ante esta doctrina. Y aunque mis labios la glorifiquen y me amolde a sus mandamientos, el alma y la razón me dirían que lo hago por amor a Ligia, y que si no fuera por ella no existiría en el mundo nada más opuesto a mi manera de ser.”

Comparte este artículo
  • e-mail
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • TwitThis
  • Digg
  • Meneame
  • del.icio.us

Los comentarios están cerrados.