Robin Hood
Por Ruth Gutiérrez • 15 jun, 2010 • Sección: La filmotecaTítulo Original: Robin Hood”. Año: 2010. Nacionalidad: USA y Reino Unido. Duración: 141 min. Valoración: Aprobado. Dirección: Ridley Scott. Guión: Brian Helgeland; basado en un argumento de Brian Helgeland, Ethan Reiff y Cyrus Voris. Producción: Brian Grazer, Ridley Scott y Russell Crowe. Música: Marc Streitenfeld. Fotografía: John Mathieson. Montaje: Pietro Scalia. Diseño de producción: Arthur Max. Vestuario: Janty Yates. Interpretación: Russell Crowe, Cate Blanchett, William Hurt, Mark Strong, Oscar Isaac, Danny Huston, Max Von Sydow.
Viva la épica. Ridley Scott y su actor fetiche, Russell Crowe, parecen tener especial predilección por el género que les uniera en Gladiator (2000); aunque en El reino de los cielos (2005), no hubo lugar para Crowe, Scott mostró con una producción impetuosa cuánta es su simpatía por las historias que elevan el amor por los grandes ideales. Se trata de relatos hechos para caballeros, en el sentido medieval del nombre, que es uno muy particular. Pues hablar de caballero en esos términos significa referirse a personas fuertes, entregadas desinteresadamente a hacer el bien. Como héroes, son temidos por la sociedad, más semejante a un ave asustadiza, indispuesta para embarcarse en la aventura de la guerra o del servicio al desvalido. Llegados a este punto, conviene recordar que la historia de Robin Hood, el noble sajón metido a arquero-ladrón por desobediencia civil, no es la historia de un cruzado. Sin embargo, la versión que ha encaprichado tanto a Scott como a Crowe (y en un plano discreto por su interpretación endeble, a Blanchet en el lugar de Marian) en el filme presenta a Robin Hood o Robert de Locksley, según la versión que nos guste más, con un pasado también en Tierra Santa. Este dato da la pista exacta sobre dos aspectos de la nueva versión: en primer lugar, se fabula con los prolegómenos de la Leyenda. Es decir, se nos cuenta quien pudo ser Robin antes de ser Robin Hood. Y por eso, en segundo lugar, el guión resulta confuso: muchas tramas quedan abiertas y muchos personajes, desaprovechados dramáticamente hablando. El argumento juguetea con los tópicos conocidos sobre la leyenda y además no satisface las expectativas de un espectador que busca el sentido del mito de Robin Hood.
Se entiende que es difícil escoger una pieza de calibre que explique las motivaciones de un héroe. Sobre todo, cuando el personaje nace (al menos en una conocida versión, Las alegres aventuras de Robin Hood, de Howard Pyle) con vocación episódica en el marco de la anécdota narrativa. En el filme de Scott, entretenido y entretejido con buenas telas, el mito se desvirtúa un poco. Pues la apuesta radical por reivindicar la injusticia desde donde más sentido tiene hacerla, por la mano de un rico, se abandona a un buscavidas sin sentido. Las alusiones posmodernas a la democracia y el refugio en la pose romántica desvían la mirada, por desgracia, de la gran verdad en torno a la política y el bien en este mundo: no hay conversión que conmueva más que la de un rico metido voluntariamente a mendigo. Pues el héroe sólo es posible en la frontera, más allá de las lindes del bosque. o
