Una noche en el pórtico de la Gloria
Por Santiago Arellano • 15 jun, 2010 • Sección: Escuela de padres
En este año santo compostelano de 2010, mientras los peregrinos recorren el mágico camino de Europa, espina dorsal de la cultura y de la civilización cristiana, la mano sabia de un buen amigo ha puesto en las mías un poemario olvidado “Una noche en el Pórtico de la Gloria” escrito por el padre jesuita Ramón Cué Romano en 1954. Si os digo: el mismo que escribió el delicioso poema a la Virgen de Ujué, casi seguro que no caeréis en la cuenta. Pero si os digo que es el autor del Poema “Mi Cristo Roto”. La mayoría recordaréis al autor y hasta las conmovidas lágrimas que brotaron de nuestros ojos al oír la cruda realidad de nuestro Cristo, roto en sus dolores y roto por el abandono de unos y la vesania de otros.
El poemario es una evocación reflexiva y emotiva de su encuentro con El Pórtico de la Gloria y, desde él, con la ciudad de Santiago. En el primer canto recuerda la anécdota de San Agustín al intentar penetrar y abarcar el misterio de Dios como el niño que quiere trasvasar el mar a un “pocico” que acaba de excavar en la arena. También un ángel le advertirá que con una concha por más que se empeñe no podrá nunca abarcar la grandiosidad y el misterio de Compostela. En el soneto último elige la trompeta, entre los cuatro ángeles que anunciarán la resurrección, que ha de sonar junto a su tumba, para que el Pórtico se convierta en “embajador de mi celeste historia” Y Dios le conceda “ser habitante de este Pórtico, en piedra, de la Gloria”.
Sus poemas nos van a desvelar algunos de sus aspectos ocultos. He elegido el penúltimo, quizás por mencionar a nuestro Patrono San Francisco como vigoroso pelotari que va a mover el gigantesco incensario que aromatice la tierra entera. Pero, sobre todo, por su sátira contra la descomposición del mundo: “por todos los caminos huele a muerto”.
El descomunal incensario que sobrevuela entre las naves en su rítmico balanceo es un momento en medio de la solemne ceremonia litúrgica que no pasa desapercibido ni al más cansado caminante. Es el botafumeiro, sin duda el más grande incensario del mundo. Hoy se ha venido a quedar en un espectáculo, aunque haga más visible la alabanza al Creador. En el origen tenía una finalidad mucho más práctica. Había que, si no eliminar, al menos contrarrestar los malos olores. Los peregrinos se alojaban en las naves del templo. Hablar de higiene en aquellos tiempos es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Simplemente no existía. El olor se transformaba en hedor al menos para los que, más aseados y compuestos, venían de sus casas, los canónigos, por ejemplo. El ingenioso artilugio medieval proporcionaría el remedio. Los aromas orientales, mezclados con el incienso, impregnaban el ambiente o, mejor aún, lo embalsamaban, lo digo por lo del olor a muerto. Algo tenía también de desinfectante. Pernoctaban no sólo sudorosos peregrinos, sino enfermos. No era infrecuente que algunos murieran en sus naves.
El poeta ha contemplado la escena. Su imaginación ha derribado los límites del escenario y ha agigantado el templo hasta tocar la cúpula el cielo y tus columnas asentarse en toda la tierra. “Crezca y crezca en las curvas de su empeño”. El mundo necesita que el incienso de Santiago purifique y desinfecte toda la tierra. Paralelos y meridianos, aviones, suburbios y palacios regios. Todo.
En 1954 era frecuente encontrar entre los poetas la denuncia de que la sociedad estaba descompuesta y corrompida. Recuérdese a Dámaso Alonso y a sus “Hijos de la ira”, el caminar encorvado de la Mujer con Alcuza, sobre zanjas, trincheras o tumbas. O la visión de un Madrid convertida en un gigantesco cementerio de vivos y muertos. Los tiempos eran muy duros para gran parte de la humanidad. Pero más que la dura vida material. Su dureza provenía de la desorientación espiritual, en España y fuera de España.
El librito combina la prosa y el verso. En cualquiera de las dos formas, surge un ritmo de balanceo en el que el poeta siembra sus sentimientos. En el poema presente la rima asonante de los pares da unidad a la composición. Predominan los versos alejandrinos, unidos rítmica y temáticamente de dos en dos. Sin embargo con tal libertad que lo mismo el segundo verso se queda en heptasílabo o un alejandrino distribuye sus dos hemistiquios en dos versos consecutivos, o compone un endecasílabo, como el verso con el que abre la composición. Nadie puede negar la musicalidad; pero es en el mensaje donde se encuentra el valor y la audacia de la composición. Para sanar la podredumbre de este mundo se necesitan santos: Franciscos de Asís, Domingos de Guzmán, Teresas de Jesús, Francisco de Javier, al Apóstol Santiago y a la recia antigua fe de España.
Para eliminar los malos olores no bastan siquiera los perfumes de París. Sólo de Dios vendrá la recuperación humana. Incienso, incienso, incienso en el gran botafumeiro soñado.
¡Ay, Compostela, el mundo necesita
Tu perfume de incienso!
No bastan los perfumes de París.
Por todos los caminos huele a muerto.
Y no son los cadáveres, Santiago, ¡son los vivos!
Las ciudades sin tumba huelen a cementerio.
Compostela, agiganta tu Catedral dormida.
Suba la piedra, atrévase hasta el cielo.
¡Venza nubes y estrellas
La cúpula barroca del crucero!
¡Fuera muros! Tan sólo los pilares
Por donde corra, sin prisión el viento……
Santiago, amarra arriba, -maniobra marinera-
Una cuerda atrevida que descienda hasta el suelo.
¡Préstanos, San Francisco, tu cordón con sus nudos;
Tu cordón, fiel plomada, de polo a polo péndulo……
Y traiga Compostela
Su Botafumeiro.
Este; pero acrecido por las ansias del aire,
Hecho planeta insólito, pasmo de los luceros.
Átelo en el cordón, nudo insoluble
La lazada ecuménica de Pedro.
La mano de Teresa
Ponga el carbón casero.
Domingo de Guzmán,
Con su tea encendida, prenda el fuego.
Vuélquense en él de todas las Iglesias de España
Las navetas de plata con su incienso;
El que en los Viernes Santos niebla de un llanto cálido
Y oro pulverizado en el sol, los Corpus Viejos……
¡Todo el incienso hispano, aunque nos falte,
Compostela, en las ascuas de tu Botafumeiro!
Dé un empujón Javier al incensario,
Tu brazo pelotari, navarro y misionero.
¡Láncese ya a sus órbitas!
¡Crezca y crezca en las curvas de su empeño!
¡Perfume en espirales castas los meridianos
Y los paralelos!
Cruce entre los aviones,
Baje hasta los suburbios y los palacios regios……
¡No bastan los perfumes de París!
Compostela, ¡hace falta incienso, incienso, incienso!
