Divinidad, humanidad
Por Alfredo López Vallejos • 16 jun, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada
Celebramos el “Corpus”, la fiesta así conocida hasta hace pocos años y que hoy denominamos con su título más completo y preciso como solemnidad del “Cuerpo y de la Sangre de Cristo”, ya que en esa doble modalidad quiso dejarnos el memorial de su presencia sacramental.
“Tomó Jesús el pan…Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Después tomó el cáliz… Bebed todos de él, porque esta es mi sangre de la Alianza…” (Mt.26,26-29; Mc. 14,22-25; Lc. 22,14-15; 1 Cor.11, 23-26). El pan y el vino transformados en memorial y sacramento de la entrega salvadora de su cuerpo y de su sangre “que va a ser derramada para el perdón de los pecados”. El Jueves Santo, en el contexto de la última cena de Jesús, celebrábamos la institución de la Eucaristía; pero, por si la inmediatez de su pasión y muerte en esas celebraciones del Triduo pascual pudieran ensombrecer el extraordinario don de su presencia permanente y la insospechada herencia que se nos dio en la eucaristía, hacía falta esta fiesta específica que nos la presentase en todo su esplendor.
Aparece esta fiesta hacia los siglos XI y XII con el despuntar de la devoción eucarística, y se consolidó en tiempos del papa Urbano IV, en el siglo XIII, con la publicación de la bula “Transiturus”, fechada en la ciudad italiana de Orvieto, enriqueciéndose desde entonces con el fervor espontáneo de procesiones populares en honor de la presencia eucarística, como ya se desarrollaban en el centro de Europa, en Colonia y en Ausburgo en ese mismo siglo y en París, Génova, Milán y Roma en el siglo XIV. “El cuerpo de Cristo” nos hace presente su humanidad glorificada. “La sangre de Cristo” hace presente el memorial de su entrega y de su sacrificio cruento para el perdón de los pecados, de su fidelidad, de la víctima perfecta de la nueva Alianza (Ex. 24,4-8; Heb.9,15-28). El Cuerpo y la Sangre de Cristo son el sacramento de su humanidad redentora y de su divinidad puesta a nuestro alcance.
Existe un signo en la celebración de la Santa Misa que fácilmente puede pasar desapercibido, pero que, como todos los signos litúrgicos, resulta muy significante y evocador. Es el momento en el que el celebrante, poco antes de la comunión, deposita una pequeña partícula del Cuerpo de Cristo (el pan recién partido) en el cáliz. Si el Cuerpo y la sangre por separado hacían presente su sacrificio, su donación, su entrega y su muerte cruenta por nosotros, el volver a unirlos nuevamente pretende significar su gloriosa resurrección.
