El amor de Cristo

Por La Verdad • 16 jun, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada

Todo el cuerpo humano y cada uno de sus miembros son importantes, nos lo dice la experiencia, lo certificaría cualquier profesional de la medicina y -a nivel simbólico- lo afirma también el apóstol Pablo, refiriéndose a la importancia que en la Iglesia adquieren todos y cada uno de los miembros, incluso los aparentemente más insignificantes, ya que todos ellos configuran la totalidad del cuerpo de Cristo (1 Cor. 12,12-30). Siguiendo con esa misma imagen simbólica del cuerpo humano referida a Cristo y a la realidad eclesial, tan acertadamente descrita por el apóstol en el mencionado texto de la Carta a los corintios, se especifican la mano, el pie, el ojo, el oído, el olfato entre los componentes fundamentales del cuerpo. Evidentemente, la cabeza se corresponde con la parte del cuerpo que mejor representa a la persona.

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte” reconoce el apóstol. Ésta es la razón que justifica que en la vida de la Iglesia todos los miembros de ese cuerpo tengamos nuestro lugar específico, nuestra función y relevancia. Es en la totalidad del cuerpo eclesial donde se hace presente la totalidad del cuerpo de Cristo, sin embargo, no resulta extraño que en la celebración litúrgica se dé una especial significación y relevancia a quien visibiliza a Cristo como cabeza.

El simbolismo de Pablo está referido a la realidad física y material del cuerpo. En esa misma dirección apunta la expresión simbolizada en el “corazón de Cristo”, más popular entre nosotros como el “corazón de Jesús”. Así como la cabeza representa muy eficaz e inequívocamente la presencia visible, del mismo modo el corazón también expresa de un modo alegórico, poético e igualmente realista y perfectamente inteligible en todas las culturas, la realidad espiritual del amor, la ternura, la entrega, el cariño, la solicitud, la atención personalizada, la dedicación plena y desinteresada, todo lo que pretende ser y significar la persona de Cristo para cada creyente: su misión salvadora, su sacrificio, su redención, su sometimiento por nosotros y por todos los hombres al cumplimiento de la voluntad del Padre.

La próxima semana se pretende destacar en nuestra diócesis y visualizar materialmente en nuestra ciudad esta experiencia teológica tan específicamente cristiana. “Os invito a cada uno de vosotros, exhortaba a toda la Iglesia el papa Benedicto, a renovar vuestra propia devoción al corazón de Cristo”. El amor de Cristo nos apremia al pensar que él murió y resucitó por todos para que todos vivamos por él (2 Cor.5,14-15). o

Comparte este artículo
  • e-mail
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • TwitThis
  • Digg
  • Meneame
  • del.icio.us

Los comentarios están cerrados.