Padre, Hijo y Espiritu Santificador

Por Alfredo López Vallejos • 16 jun, 2010 • Sección: El marco de la fe celebrada

Confesamos y creemos en un solo y único Dios: el Padre Todopoderoso, su Hijo Jesucristo redentor y el Espíritu que nos santifica. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es, al mismo tiempo, bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (Is.66, 12-13; Sal.131, 2; Os.11, 4). El Hijo es de la misma naturaleza que el Padre. “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt.16,16), es la iluminada profesión de fe de Pedro, ante la pregunta trascendente del propio Jesús, sobre su verdadera identidad: “Vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mc.8,27; Lc.9,20). “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt.11,27). Por eso, los apóstoles confiesan a Jesús como “la imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: todo fue creado por él y para él; él existe antes que todo y todas las cosas tiene en él su consistencia” (Col.1,15-17), como el “resplandor de su gloria y la impronta de su esencia” (Heb.1,3).

Y también el Espíritu es la prolongación de Dios en nuestra historia. Ya antes de su Pascua, Jesús anunció el envío de “otro Paráclito” (‘defensor’), el Espíritu Santo. Esa prolongación del mismo Dios que ya actuó desde los orígenes en la creación de todo (Gen.1,2) y se hizo presente “por los profetas”, estará para siempre con sus discípulos, actuando en ellos (Jn.14,17) y con nosotros para enseñarnos y conducirnos “hasta la verdad completa” (Jn.14,26;16,13) y hasta el final de los tiempos (Jn.14,18; Mt.28,20). Este reconocimiento de un Dios único como Padre, Hijo y Espíritu lo encontramos desde los orígenes mismos de nuestra fe cristiana, en los escritos de los apóstoles: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor.13,13; Ef.4,4-6). Esta fe en la plenitud de un Dios eterno, manifestado en el tiempo y prolongado en nuestra historia de cada día, es la que reconforta y plenifica nuestro testimonio de creyentes.

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