XI domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Por La Verdad • 16 jun, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio
“Un fariseo invitó a Jesús a comer con él”
l Una de las cosas que más sorprende en la conducta de Jesús es su libertad y señorío frente a las barreras o prejuicios culturales y religiosos de aquel tiempo. Así lo demuestra en relación con la figura de la mujer que, en los distintos ámbitos de la vida social, apenas contaba entonces para nada. Personalmente no tuvo ningún inconveniente en ser acompañado y ayudado públicamente por unas buenas mujeres, a pesar del escándalo que eso podría causar (Lc 8, 1-3).
l En el episodio de hoy sale en defensa de una mujer de mala reputación. Y lo hace frente a uno de los representantes distinguidos de aquella sociedad. Era un fariseo que le había invitado a comer en su casa, a pesar de las duras críticas de Jesús contra ellos. Hasta entonces, en efecto, nadie se había atrevido a decir que los fariseos eran respetables ante los hombres, pero abominables ante Dios (Lc 16, 15). Y en otra ocasión los había vituperado severamente como llenos de codicia y maldad (Lc 11, 39-40).
l A pesar de ello, aquel fariseo tuvo interés en compartir la mesa con Jesús y, de esta manera, conocer directamente su doctrina y la razón de su conducta. Jesús no desaprovechó la oportunidad. La sorprendente actitud de la mujer pecadora, ungiendo y besando sus pies, fue la ocasión para dar una magnífica lección al fariseo.
“Quedan perdonados sus pecados, porque muestra mucho amor”
l Esa frase ha sido siempre objeto de debate entre los entendidos. ¿El perdón ha sido consecuencia del amor previamente manifestado por la mujer o, por el contrario, el amor es fruto y muestra del perdón obtenido? Hay distintas opiniones. Digamos, en todo caso, que el texto de Lucas no se mueve a nivel de esas disquisiciones académicas.
l Lo que Jesús viene a decir en el fondo es que su actitud y sus criterios son muy distintos a los de la vieja ley y los fariseos a la hora de juzgar a las personas. Según eso, el verdadero pecador no es siempre el que socialmente es considerado como tal, sino todo aquel que se gloría de ser justo e intachable y no se abre al perdón de Dios. Ese era el caso de muchos fariseos.
l La fe y el amor son las dos cualidades que mostró aquella pecadora para alcanzar la salvación y la paz: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.
