XII domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Por La Verdad • 16 jun, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo”

l La identidad personal de Jesús ha sido y será siempre objeto de investigación y estudio científico a través de la historia de la fe cristiana. La fuente primordial para ello son los Evangelios “por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador” (Dei Verbum, 18). Los Evangelios son a la vez memoria histórica y vivo testimonio de fe. Ambas dimensiones, historia y fe, están tan íntimamente entrelazadas, que sería un error pretender disociarlas.

l Constantemente aparece en los Evangelios la cuestión sobre quién es realmente Jesús. Unos lo rechazaban y vituperaban; pero muchos otros lo admiraban y ensalzaban. En el marco de esas opiniones antagónicas quiso Jesús sondear el parecer de sus discípulos. Resulta sorprendente y emotivo ver a Jesús preguntando a sus amigos más cercanos qué opinión tienen sobre él.

l Era una pregunta fundamental, ya que de esa cuestión podía depender la posterior actitud y comportamiento de los discípulos. Es, por otra parte, una pregunta que sigue planteándose, más o menos expresamente, entre los cristianos de todos los tiempos. ¿Quién es Jesús realmente para nosotros? ¿Qué influencia efectiva tiene en los momentos decisivos de nuestra vida? La respuesta será, sin duda, prueba e índice de la calidad de nuestra fe cristiana.

“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo”

l Después de haber escuchado la confesión de Pedro, que lo identifica con el Mesías de Dios, resultan desconcertantes las palabras de Jesús hablando de negarse a sí mismo, de cargar con su cruz y perder la vida. Resultaba algo incomprensible para los discípulos.

l Pero, en último término, Jesús no les propone un programa teórico, más o menos heroico, sino el ideal de su propia trayectoria y experiencia personal. Sólo identificándonos con él en ese itinerario seremos capaces de conocer y gustar la profunda verdad de su misterio. Sólo así seremos revestidos de él y nos sentiremos “hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal 3, 26).

l Nuestra condición de cristianos exige crucificarnos con Cristo para que su vida de resucitado invada todo nuestro ser: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19-20).

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