Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Por Juan Apecechea • 30 jun, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio
“Designó el Señor otros setenta y dos discípulos”
l El quehacer primordial de Jesús fue proclamar su evangelio de palabra y de obra con la máxima eficacia posible. Para ello adoptó una estrategia de acción y cooperación, sirviéndose de la ayuda de algunos colaboradores, expresamente elegidos por él.
l ¿Cómo elegía Jesús a sus colaboradores? En torno a él fueron surgiendo algunos grupos con distintos grados de vínculo personal y de colaboración. Creó especialmente el grupo de los Doce, como sus más próximos colaboradores (Lc 6, 12-16). Hubo también un grupo de mujeres que tuvieron una especial relación con él y “le servían con sus bienes” (Lc 8, 1-3).
l Hoy se alude al grupo singular de los setenta y dos discípulos, a quienes los envía con este apremiante mandato: “Poneos en camino”. Su designación y envío es la mejor expresión del carácter abierto y universal de la misión de Jesús. Se indica así que la labor evangelizadora es responsabilidad, no de unos pocos elegidos, sino de todos los seguidores de Jesús. El verdadero cristiano es aquel que se compromete a practicar y proclamar el evangelio.
“La mies es abundante y los obreros pocos”
Uno de los deficit más comunes de los cristianos es su falta de compromiso y coraje para transmitir y difundir la fe. Entre las causas de ese preocupante fenómeno hay que señalar, ante todo, la falta de vigor o convicción de la propia fe. También está contribuyendo a ello el hecho de relativizar la verdad de la fe cristiana frente a otras opciones de índole civil o religiosa. El relativismo es un virus de perniciosas consecuencias.
Impresiona escuchar a Jesús, cuando lamenta la escasez de obreros al servicio del evangelio. Es la cabal expresión de su encendido celo apostólico. Es, a la vez, una llamada apremiante al compromiso misionero de la Iglesia en todo los tiempos.
Jesús nos recuerda hoy algunas pautas para desempeñar rectamente el servicio de la misión. El protagonista principal es siempre Dios mismo: “Rogad al dueño de la mies”. Nunca han de faltar las dificultades: “Os envío como corderos entre lobos”. El desprendimiento personal es indispensable: “No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias”. El quehacer central será el anuncio del reino de Dios: “Está ya cerca el reino de Dios”.
