XIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Por Juan Apecechea • 28 Jul, 2010 • Sección: A la luz del Evangelio

“Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén”

l En la vida hay momentos en que es preciso tomar una determinación arriesgada en orden a un proyecto libremente elegido. Será una decisión tomada con valentía y magnanimidad, superando el temor al riesgo o al fracaso. Se obra así, no por arrogancia, sino con verdadero espíritu de servicio y generosidad (Gal 5, 13-14).

l En un momento así se encuentra hoy Jesús. Después de haber desempeñado su misión en tierras galileas, finalmente se reafirma en su determinación de ir a Jerusalén. Y sabe lo que allá le espera. Estaba en juego la fidelidad a su vocación. Emprende, por eso, el gran viaje hacia la ciudad santa, que era el centro y corazón de la historia política, religiosa y cultural del pueblo judío y de la suya personal.

l Jerusalén no es simplemente una referencia geográfica. Es el símbolo de los momentos más emblemáticos de la historia religiosa de Israel. Y Jesús, cima y culminación de toda esa historia, se muestra dispuesto a entregar allí su vida. Allá va a tener lugar su muerte y resurrección, acontecimiento salvífico universal, que él elige libremente para bien de toda la humanidad.

“Mientras iban de camino, uno le dijo: te seguiré a donde quiera que vayas”

l Jesús emprende el viaje a Jerusalén, consciente de lo que eso significa. Con su valerosa decisión se asocian tres casos de seguimiento. Y Jesús, desde su propia actitud de servicio y entrega, no les oculta las exigencias de ese seguimiento. Les habla claro sobre ello.

l Ante todo, el que quiera seguirle no debe buscar ningún beneficio material o bienestar personal. Jesús no le dará nada de eso: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (v 58). El seguimiento exige, además, dar prioridad al reino de Dios por encima hasta de los deberes más entrañables: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios” (v 60). Finalmente, la decisión de seguirle debe ser firme, perseverante y definitiva: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios” (v 62).

l Esas mismas exigencias siguen siendo la condición necesaria, en mayor o menor grado, de quien se considere auténtico cristiano y de todo aquel que se decida a ofrecer su vida al servicio del reino de Dios.

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